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05 febrero, 2007

AUTOR DE LAS ÚLTIMAS FOTOS DE ALLENDE. La secreta historia del Chico Lagos

Orlando Lagos, foto individual, tomada en el exilio en Caracas (Venezuela), alrededor de 1980.

Puesta online a las 10:12, el 04 de Febrero del 2007
Domingo 4 de febrero de 2007
 

RECHAZÓ UNA CASA

El Chico Lagos fue el fotógrafo personal de Allende durante sus cuatro campañas presidenciales. Cuando ambos llegaron a La Moneda, en 1970, el Presidente quiso regalarle una casa. Pero el reportero gráfico la rechazó, indignado. Lo más que obtuvo el Mandatario es que aceptara la instalación de un teléfono en su domicilio de la calle Lord Cochrane. "Estoy cansado de mandarte a buscar en taxi cada vez que te necesito", se justificó el Presidente. El 11-S-73, Orlando Lagos llegó por sus propios pies hasta la sede de Gobierno.

En un hogar de ancianos –lejos del reconocimiento oficial y a los 94 años- murió el fotógrafo que registró las últimas imágenes del ex Presidente el día del golpe de Estado. Luis Orlando Lagos Vásquez renunció a la fama mundial que se merecía por un pacto secreto firmado con "The New York Times" y ni en su funeral salió a la luz el misterio del retratista del 11-S-73.

Nación Domingo
Camilo Taufic


Fue un secreto tan bien guardado, que en todos los homenajes rendidos en estos días al fallecido Luis Orlando Lagos Vásquez (familiares, prensa, colegas y amigos), nadie ha explicitado la hazaña realizada por este pequeño gigante de la fotografía chilena, que ha sido comparado con "clásicos mundiales", como los reporteros gráficos que estuvieron en Iwo Jima, la caída de Berlín o la guerra de Irak.

El Chico Lagos retrató –con una cámara Leica– desde adentro el drama que se desencadenaría en La Moneda a primeras horas del 11-S-73. Registró así para la historia el último recorrido de Salvador Allende por las dependencias de palacio, rodeado de gaps y carabineros hasta ese momento leales, cuando ya los aviones golpistas sobrevolaban el centro de Santiago, eligiendo el trayecto posterior de sus bombas contra la sede del Gobierno.

Después de cumplir su deber profesional, Orlando Lagos, fotógrafo oficial de La Moneda desde 1970 –1,55 de estatura–, logró salir de allí junto con las hijas del Presidente Allende, Beatriz e Isabel (la actual diputada), entre otros, en una breve tregua concedida por los militares, que avanzaban con tanques e infantería hacia todas las salidas.

Llevaba oculto entre los pliegues más íntimos de su ropa el rollo con los negativos, -base de las imágenes que se harían célebres, dejándolo a él en un anonimato que duró décadas, y que recién termina con esta crónica. Las fotos del Chico Lagos se publicaron tres semanas más tarde en Estados Unidos, y empezaron a dar vueltas desde entonces por el mundo, en miles y miles de copias sin atribución de autor. La mayoría de las veces como testimonio del último acto político de Salvador Allende, pero también como ejemplo de foto-reportaje en círculos profesionales y académicos.

AUTOR DESCONOCIDO

"The New York Times", considerado por muchos el principal diario del orbe, compró en Santiago, a comienzos de octubre de 1973, por 12 mil dólares –por aquel entonces, una cifra soñada–, un set de seis de las fotografías de Orlando Lagos, con el compromiso de no revelar su nombre hasta el día de su muerte. Pero cuando ésta ocurrió -la tarde del 7 de enero pasado, en el Hogar de Ancianos La Reina, del Consejo Nacional de Protección a la Ancianidad-, los editores neoyorquinos ya se habían olvidado del compromiso, y ni siquiera registraron el deceso en sus columnas.

Lo peor es que tal vez el Chico Lagos no llegó a recibir el dinero pagado por sus crudas instantáneas. La operación con el "NYT" pudo haberse hecho a través de un intermediario, del cual nunca más se supo. Lagos jamás estuvo disponible para negociar las miles de "exclusivas" que su posición le permitía tomar día a día.

Fotógrafo personal de Allende durante sus cuatro campañas presidenciales, Orlando Lagos continuó a su lado en La Moneda entre 1970 y 1973, acompañándolo en todas las giras presidenciales, dentro y fuera de Chile. Cuando se realizó la venta al "New York Times" estaba siendo seguido de cerca por los esbirros de Pinochet, que allanaron su casa tres veces después del golpe y destruyeron todos sus archivos y aparatos fotográficos, en busca de fotos "comprometedoras".

Con el tiempo, el dramático testimonio gráfico del chileno al interior de La Moneda pasó a ser patrimonio común de la prensa mundial y de la "resistencia", por sobre el copyright del diario neoyorquino, violado incontables veces en libros, afiches, películas, manifestaciones, discos y periódicos (con copias de copias de copias) sin que se mencionara jamás el nombre del verdadero autor de las fotos.

Tampoco lo hicieron los organizadores del Premio Internacional World Press, otorgado como "La Foto del Año 1973" a la principal de Orlando Lagos, en que Allende y sus acompañantes (un gap, a la derecha; el médico Danilo Bartulin, al centro, y a su izquierda, el capitán de Carabineros José Muñoz) reflejan en sus rostros la inquietud por la amenaza del inminente bombardeo aéreo que se insinuaba en ese momento.

APROVECHADOS

Más allá de las maniobras comerciales, diversas versiones han pretendido atribuir las fotos de Orlando Lagos a otros autores, suponiendo incluso que el ignorado fotógrafo "no era un chileno". O que las fotos correspondían en realidad a los aprestos defensivos en La Moneda ante el "tancazo" (julio del 73) y no al 11 de septiembre.

El escritor residente en Canadá Hermes H. Benítez, en su libro "Las muertes del Presidente Allende" (Ril Editores, Santiago 2006) asegura en la página 88 de su obra que las últimas fotos del Mandatario que encabezó la Unidad Popular, "fueron hechas" por un tal "Freddy Alborta". Y ese nombre existe, curiosamente, y se trata además de un fotógrafo. Pero es el autor comprobado de las también célebres tomas del Che Guevara luego de ser asesinado en una escuelita de La Higuera, en Bolivia, en octubre de 1967.

Frank Manitzas, corresponsal de la cadena norteamericana de televisión CBS en Santiago en 1973-74, declaró en su momento que el autor de las fotos al interior de La Moneda, en la mañana del 11-S, "era un tal 'David', de unos 40 años, canoso y que usaba un fino bigote". Orlando Lagos ya era canoso en esa época, pero tenía 60 años y según me declaró su hija, Julia Ester, que lo cuidó hasta sus últimos días, "nunca usó bigotes; ni finos ni gruesos".

AL EXTERIOR

El propósito del reportero gráfico era salir cuanto antes del país en aquellos días, y por eso habría negociado rápidamente las fotos, preocupado por su seguridad personal. Según Manitzas, "se embolsó la nada despreciable suma de 12 mil dólares". Pero Orlando Lagos nunca recibió ese dinero, declara Julia Ester; "por el contrario, permaneció en el país pasando grandes penurias económicas, hasta que pudo viajar a Venezuela, recién el año '75, y con un pasaje que le tuvo que comprar un amigo, porque él no tenía un diez".

En 1998, el recuerdo del fotógrafo "anónimo" resucitó en un reportaje de un diario santiaguino, que publicó con grandes letras: "¿Está vivo 'David'? Periodistas franceses lo buscan en Chile para rendirle homenaje". Pero Lagos no dio ninguna señal, ni siquiera en pleno Gobierno de la Concertación.

Cuando efectivamente lo homenajeó el Colegio de Periodistas, doce años antes, en 1986, y en plena dictadura, utilizando la tribuna de la Sala América de la Biblioteca Nacional, colmada de periodistas, estudiantes de periodismo y corresponsales extranjeros, el Chico Lagos insinuó la verdad de una tonelada que llevaba encima desde 1973. Nadie –salvo sus más íntimos– reparó en el guiño que contenían sus palabras, cuando expresó textualmente: "Lo más emocionante en mi vida profesional fue el día 11 de septiembre de 1973, cuando estando en La Moneda, el Presidente Salvador Allende me pidió que abandonara el Palacio de Gobierno, el que fue bombardeado cinco minutos más tarde".

No podía decir más entonces Orlando Lagos, que había tomado las fotos que harían historia sólo unas horas antes de la despedida de Allende. Ésta consistió en un firme apretón de manos. Tampoco hablaría en público al respecto con posterioridad. Pero su familia más cercana siempre supo que él era el único autor de aquellas fotos para el bronce. En el último período de su vida, el Chico Lagos cayó en las garras del mal de Alzheimer, agudizado desde fines de 2005, y ya nunca más habló de su hazaña.

En esta crónica de LND se reconoce, por primera vez en forma explícita en el periodismo chileno e internacional, la paternidad de Luis Orlando Lagos Vásquez sobre las últimas fotos de Allende con vida, al interior de La Moneda, el 11 de septiembre de 1973. El autor de esta nota estaba al tanto de ello desde 1974, en el exilio, pero nunca antes pudo publicarlo, incluso cuando revelar el secreto ya no dañaría a nadie… salvo, quizás, a los que cobraron los 12 mil dólares a nombre del Chico Lagos. Pero eso tampoco se sabía públicamente hasta hoy, domingo 4 de febrero de 2007.

09 enero, 2007

RODRIGO AMBROSIO, REVOLUCIONARIO CHILENO


Un grupo de compañeros y amigos, nos hemos prometido recordar fechas importantes de grandes revolucionarios chilenos, de Latinoamérica y del Caribe, quienes dieron sus vidas por la más noble causa: luchar por y junto a los trabajadores y los más pobres del campo y la ciudad.

Los grandes empresarios dueños de los medios de comunicación chilenos, estarán siempre al lado del gran capital y por lo tanto nunca publicarán estos recuerdos de nuestros compañeros revolucionarios, pero el mundo-red permite la existencia de revistas y periódicos para darlos a conocer al mundo.

José Rodrigo Ambrosio Brieva nació en Santiago el 5 de enero 1941, en 1956 egresó del Colegio Seminario de Chillán e ingresó a estudiar sociología a la Universidad Católica. Estudió Derecho en la Universidad de Chile y se perfeccionó en L'Ecole Practique des Hautes Etudes en París, Francia.

Edison Barría B.

Ambrosio, dirigente de la juventud demócrata cristiana, encabezó el grupo disidente que en 1969 rompió con dicho partido para constituir una nueva alternativa política, que se jugaría por la constitución de la Unidad Popular y por levantar su abanderado Salvador Allende, como candidato a la Presidencia de la República.

Su gran lucidez, formación teórica y capacidad de liderazgo, lo llevaron a poco andar a constituirse en el Secretario General del MAPU, destinando todo su talento y energías a fortalecer y desarrollar un partido que creciera en amplios sectores de trabajadores, campesinos, intelectuales, jóvenes y estudiantes, dispuestos a luchar por construir el socialismo. Junto a ese trabajo partidario, entrega en forma simultánea aportes significativos a la línea política de la Unidad Popular y colabora con el gobierno del Presidente Allende, con el que mantiene una gran amistad.

Con gran claridad conduce al MAPU en una línea de fortalecimiento proletario, de acercamiento a las masas y a los trabajadores, y de lucha ideológica contra las desviaciones de derecha y de izquierda que se expresaban tanto a nivel del escenario político nacional, como al interior de la propia organización partidaria. Incansable en su trabajo, recorre el país de norte a sur, viaja al extranjero para conocer de sus propios protagonistas, las experiencias de otros países que luchaban por el socialismo. Fue recibido en Vietnam, Laos, Camboya, Corea del Norte, China y Cuba.

Denuncia con precisión la escalada de la derecha y el imperialismo contra el Gobierno Popular y llama a la activa participación y organización de las masas para desarrollar el programa de gobierno y defender lo conquistado por el pueblo.

Convoca a su Partido a crecer significativamente al interior de las organizaciones de los trabajadores y a luchar por tener una activa presencia en la ?Central Unica de Trabajadores? , logrando que el MAPU se alce como la tercera fuerza al interior de la CUT y obtenga su vicepresidencia. Justamente, en medio de esta tarea partidaria, concurre a una proclamación de candidatos del partido a Valparaíso y a un acto de solidaridad con el pueblo de Vietnam. De regreso a Santiago, en la madrugada del 19 de Mayo de 1972, tiene un accidente automovilístico en la carretera cerca de Llay Llay, que provoca su muerte.

Un duro golpe y una pérdida irreparable para la izquierda, para la Unidad Popular y para su Partido en reciente construcción. Su testimonio motiva a muchos trabajadores, campesinos, mujeres y jóvenes a incorporarse al MAPU. Nuevos hombres asumen la conducción del Partido y mantienen su apoyo al Gobierno de la Unidad Popular. Su pensamiento continuará inspirando a sus partidarios que deberán asumir duras pruebas y miles de adversidades en los años venideros.

La violenta represión que se desata en Chile con el cruento golpe militar fascista del año 1973, destruye todo lo obrado por el Gobierno Popular, persigue las organizaciones de los trabajadores, relega, mata, exilia, hace desaparecer a sus adversarios, y provoca que los partidos de izquierda deban pasar a la clandestinidad. El destacamento del MAPU O. C. postula y participa activamente en la campaña por las elecciones libres, los llamados a la inscripción electoral, el voto NO en el plebiscito y en la creación de la Concertación de Partidos por la Democracia. En esa misma línea y formulando una correcta línea política de alianzas, propone a Patricio Aylwin como el abanderado que debe conducir la vuelta a la democracia.

Así, inspirados por los principios de Rodrigo Ambrosio, el Partido MAPU Obrero campesino, está presente en las discusiones y trabajos de comisiones para formular las políticas programáticas de los tres gobiernos de la Concertación, sin tener todos estos años ninguna responsabilidad o cargos de gobierno, ni habérsele permitido contar con representación parlamentaria. No obstante, mantiene su presencia en importantes organizaciones y lugares donde los trabajadores, campesinos y pobladores desarrollan su actividad. Sus cuadros políticos entregan día a día, sus aportes y críticas a distintos niveles, para mejorar la conducción de la Concertación y su acercamiento a las masas, de manera de avanzar en la ampliación y profundización de la democracia.

De esta manera, las banderas rojas y verdes flameando al viento, mantienen viva la presencia y el legado del recordado y destacado líder revolucionario Rodrigo Ambrosio hasta nuestros días.


Piel de Leopardo.



18 diciembre, 2006

Salarios y ganancias: Con Allende y con Pinochet

18 de Diciembre de 2006

por  Orlando Caputo y Graciela Galarce

En parte importante de la sociedad chilena, y de la mayoría de los dirigentes políticos y sociales, se ha instalado la idea del éxito económico en Dictadura. Por eso, en lo fundamental se ha seguido con el modelo económico impuesto por Pinochet. Este éxito económico se presenta erróneamente en forma independiente de la política y de los derechos humanos durante la Dictadura.

Tenemos presente las privatizaciones, la desnacionalización del cobre, los procesos de corrupción en Dictadura y otros impactos económicos. Sin embargo, en esta nota sólo analizaremos los profundos cambios en la participación de las remuneraciones de los trabajadores y los cambios de la participación de las ganancias de los empresarios en la producción global de la economía chilena.

Esos profundos cambios sólo pudieron efectuarse por medio de una gran represión sobre los trabajadores, sobre los sindicatos y sobre los dirigentes sindicales y políticos.

Los antecedentes estadísticos oficiales que se ocultaron por mucho tiempo demuestran que la Dictadura de Pinochet fue una venganza a muerte del capital sobre los trabajadores y sobre el gobierno de Salvador Allende.

El valor total de los bienes y servicios finales producidos en un año, corresponde al PIB. Este indicador económico también equivale -en lo más grueso-, a la suma de las remuneraciones a los trabajadores más las ganancias empresariales como se puede observar en el cuadro que presentamos a continuación con información oficial.

La participación de los salarios y de las ganancias en el PIB
En el gobierno de Allende y con Pinochet
(Porcentajes)

1970

1971

1972

1973

1974

1979

1980

1985

1988

1989

Remuneraciones de asalariados

  43

  51

  52

  37

  37

  36

  38

  33

  31

  32

Ganancias brutas de empresas

  47

  40

  39

  52

  47

  52

  50

  54

  56

  56

Mas Impuestos

  13

  14

  13

  16

  17

  14

  14

  15

  13

  12

Menos Subsidios

  2

  4

  4

  6

  2

  2

  2

  3

PIB

  100

  100

  100

  100

  100

  100

  100

  100

  100

 

Fuente: Construido a partir del Anuario Estadístico de la CEPAL  2005, sobre la base de la información oficial de Chile














En los gobiernos de Frei Montalva y Allende se planteó como una de las tareas principales, mejorar la distribución del ingreso incrementando la participación de los salarios, y por lo tanto incrementando la participación de la mayoría de la población en la producción anual. Se tenía presente que en los países desarrollados, la participación de los salarios en el PIB era superior a 65 %, llegando incluso a 70%. En Chile, la participación de los salarios a inicios de la década de los 60, se estimaba que era menor al 40% del PIB.

La política económica del gobierno de Frei Montalva generó condiciones para un aumento de la participación de las remuneraciones de los trabajadores en la producción nacional, así como también se aumentó el gasto social. En 1970, la participación de los salarios en el PIB fue de 43%.

Durante el gobierno de Allende, los cambios en la distribución del ingreso fueron mucho más profundos. En 1971, la participación de los salarios en el PIB aumentó de 43 % en 1970 a 51 %, y a 52% en 1972.

También, los subsidios entregados por el Estado para las 40 medidas a los sectores más desprotegidos: salas cunas, jardines infantiles, medio litro de leche para cada niño, los programas de salud, etc., aumentaron al doble desde el 2% del PIB en 1970, al 4% del PIB en 1971 y 1972, llegando a 6% del PIB en 1973.

Las ganancias empresariales, - como porcentaje del PIB-, disminuyeron en el gobierno de Allende desde 47% en 1970 a 40 % en 1971 y a 39 % en 1972.

Como lo política es en gran parte la síntesis de la economía, esto no se podía aceptar por parte de la derecha económica y política. Por esto promovieron el golpe militar, la ruptura de la democracia, del orden institucional y del Estado de Derecho.

Una de las primeras medidas represivas de la Dictadura de Pinochet fue la congelación de los salarios y la libertad de precios en el mercado de los bienes y servicios unido a la represión general y en las fábricas.

El terrorismo político y económico de los 4 cuatro meses finales de 1973 -a partir del Golpe de estado del 11 de septiembre-, logró bajar la participación de los salarios en el PIB desde 52% en 1972 a 37% en 1973. Es decir, la participación de los salarios en el PIB en 1973 bajó en 15 puntos porcentuales, que equivalen a una disminución de un 30% de la masa global anual de los salarios.

También la Dictadura disminuyó drásticamente los subsidios y en los primeros años aumentaron los impuestos indirectos- el Impuesto al Valor Agregado, IVA-, que es un impuesto regresivo que afecta mucho más a los trabajadores asalariados.

Desde 1979 a 1989 la participación de los salarios en el PIB continúa bajando, en tanto las ganancias aumentan. Al final de la Dictadura, -1988 y 1989-, la participación de los salarios baja a 31% y 32% respectivamente y las ganancias suben a 56%.

La participación de los salarios en el PIB baja en 20 puntos porcentuales desde 1972 a 1988-1989. En otras palabras, la participación de la masa global anual de salarios en el PIB en los años mencionados disminuye en un 38%.

Si se suman la parte de los salarios que se han transferido a las ganancias de los empresarios durante los años de la Dictadura, resulta ser una cifra tan elevada, que equivale al valor total de todas las empresas chilenas y del valor de todas las casas de barrios residenciales y del valor global de los hoteles y de las casas de las nuevas zonas turísticas.

Este masivo robo de los empresarios a los trabajadores, que se ha reflejado en tasas de ganancias elevadas, explica por un lado el crecimiento económico y la opulencia de los ricos y la pobreza y rebeldía que está creciendo en la sociedad chilena.

El crecimiento empobrecedor explica que Chile figure en los informes internacionales como uno de los países con las peores distribuciones del ingreso en América Latina y en el mundo.

Cuando los trabajadores y las organizaciones sociales y políticas tomen conciencia de las magnitudes de esta expropiación, los movimientos sociales y políticos en franca rebeldía popular lucharan de nuevo en Chile por grandes transformaciones.

______________________________________________________________


Orlando Caputo. Economista Universidad de Chile, Investigador de CETES y del Grupo de Economía Mundial de CLACSO y de la REDEM.

Graciela Galarce, Economista Universidad de Chile, Magíster en Ciencias Sociales – FLACSO, Investigadora de CETES.

11 septiembre, 2006

Todas las muertes del Presidente Allende

Domingo 10 de septiembre de 2006

Fotos: Archivo La Nación

REVISIÓN DE LOS HECHOS DEL 11 DE SEPTIEMBRE
Todas las muertes del Presidente Allende

La metralleta que le regaló Fidel Castro, con la que se habría matado el Presidente, no estuvo ese día en La Moneda. Al menos mientras se combatió. Todos los testigos oyeron un solo tiro en el momento final de Allende, que bien pudo venir de su propia pistola. Dudas sobre fotos y croquis hechos ese mismo día por Investigaciones (bajo control militar) revelarían una adulteración del sitio del suceso.



La Nación

Camilo Taufic

Once de septiembre de 1973. Según la versión oficial, el Presidente Allende decidió a la 1:50 de la tarde poner fin a la resistencia armada y ordenó rendirse a sus acompañantes. Les pidió bajar desde el segundo piso de La Moneda en llamas, por las escaleras de piedra que daban a Morandé 80. Descenderían de uno en fondo, con la Payita adelante, y él mismo cerrando la fila de unas 35 personas, en último lugar.

Pero sin que los demás se diesen cuenta, Allende volvió atrás y se introdujo en el Salón Independencia. Se sentó en un sofá, pujó el fusil AK que le había regalado Fidel Castro entre sus rodillas, puso el cañón bajo su mandíbula y apretó el gatillo. Salieron dos tiros.

El doctor Patricio Guijón –único testigo confeso durante 30 años– también regresó, con la intención de recoger para su hijo un recuerdo. Desde un pasillo, frente a la puerta entreabierta del Salón Independencia, vio al Presidente dispararse. Corrió hacia él, pero ya estaba muerto. Entonces, según la versión oficial, se sentó junto al cuerpo del Presidente, tomó la metralleta y la puso atravesada sobre las piernas del occiso, sin preocuparse de huellas ni de nada. Luego estuvo velándolo durante 10 ó 15 minutos.

Hasta que un grupo de militares, encabezados por el general Javier Palacios, jefe del asalto a La Moneda, irrumpió en el lugar y comprobó que la parte superior de la cabeza del Presidente había estallado. Se veía el impacto de dos balazos incrustados en un gobelino que colgaba en la pared situada detrás.

El general Palacios (fallecido el 26 de junio de 2006), según nota aparecida en la nota necrológica que le dedicó “El Mercurio”, pensó en un primer momento inculpar al doctor Guijón por la muerte de Allende, pero después cambió de parecer. Antes había tomado el radio-teléfono y se había comunicado con el almirante Carvajal, para que le retransmitiera a Pinochet: “Misión cumplida, Moneda tomada, Presidente muerto”.

TARDE Y MAL

A las 19:10 horas del mismo 11 de septiembre se reúnen por primera vez (en el edificio de la Escuela Militar) los cuatro integrantes de la Junta Militar, que han asumido el poder como comandantes en jefe de las FFAA y Carabineros. Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza se ponen rápidamente de acuerdo, antes de dirigirse por cadena de televisión al país: control riguroso de la población, largo estado de sitio con toque de queda, ruptura de relaciones con los países de la órbita soviética.

“Lo que les toma más tiempo es la disyuntiva de cómo informar de la muerte de Allende. El acuerdo final es emitir un comunicado, que saldrá recién el jueves 13, y mantener en reserva el lugar de su sepultación”, según relata Ascanio Cavallo, en la serie “Las 24 horas que estremecieron a Chile”, publicada en “La Tercera” en 2003.

El Presidente Allende es enterrado en secreto en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar, el día 12, trasladado por un avión FACH hasta Quintero, y de allí en una ambulancia, con fuerte custodia militar. La tapa del féretro, soldada y sellada con remaches de metal.

Un informe “técnico” sobre el deceso del Presidente depuesto es entregado recién el 20 de septiembre, en conferencia de prensa, por el general Ernesto Baeza Michelsen, nombrado en la tarde del 11 director de Investigaciones. Éste había renunciado al cargo el día 12, molesto al parecer por los tejemanejes realizados por el Servicio de Inteligencia Militar para adaptar el cadáver y el Salón Independencia a la versión que se difundió luego sobre las circunstancias del suicidio de Allende.

Según Patricia Verduro, en “Interferencia secreta”, “el inspector Pedro Espinoza y el subinspector Julio Navarro –de la Brigada de Homicidios– reciben la orden

El general Javier Palacios, a cargo del asalto a La Moneda.

de partir a La Moneda. Deben llevar todos los elementos para hacer un peritaje, incluido el experto planimetrista, un fotógrafo y el perito balístico. Un vehículo militar los lleva primero al Ministerio de Defensa. Sólo entonces se enterarán de quién es el muerto.

–Lo asesinó un GAP– informa allí el general Brady.

Cuando llegan a La Moneda entran al ‘sitio del suceso’ y reciben una segunda y contradictoria versión.

–Se suicidó… –dice el general Palacios, en el Salón Independencia”.

Los expertos policiales de la Brigada de Homicidios son reemplazados esa misma tarde por laboratoristas “químicos y físicos” de la Policía Técnica, que firmarán un “acta de análisis de las muestras halladas” de una carilla, agregando –sin reconocer la autoría– el informe truncado de la BH (otras tres carillas, que aparecen con numeración diferente y las iniciales de otro mecanógrafo, en la reproducción de todo el documento). El acta fue publicada el año 2000 por Mónica González, en el libro “La conjura: los mil y un días del golpe”.

DICHOS Y SILENCIOS

La renuncia de Baeza a la Dirección de Investigaciones, y su rápida reconsideración, tras fuertes presiones de Pinochet, ignoradas hasta hoy por la opinión pública, fue recogida en el libro del ex embajador norteamericano en Santiago Nathaniel Davis “The last two years of Salvador Allende”, publicado en 1985. El autor cita como fuente a Robert W. Scherrer, el delegado del FBI para el cono sur, con sede en Buenos Aires. A su vez, el fiscal estadounidense que investigó en Washington el caso Letelier, Eugene M. Propper, en su libro “Laberinto” (escrito en colaboración con Taylor Branch), también alude al conflicto del general Baeza con la Junta Militar: “(...) El general Baeza ordena a los detectives de la BH entrar en La Moneda y realizar una investigación a fondo sobre la muerte de Allende. Esta medida provoca la primera controversia entre los nuevos gobernantes militares, la mayor parte de los cuales se opone violentamente a que el sitio del suceso sea examinado por profesionales. Quieren presentar el fallecimiento de Allende como un suicidio. El general Baeza argumenta que es una cobardía y que tal historia no puede sostenerse como convincente. Al día siguiente [12] dimitirá a causa de esto, y solo Pinochet será capaz de persuadirle de que permanezca como nuevo jefe de Investigaciones del Gobierno militar”.

La versión de Propper, extrañamente, aporta el nombre del oficial chileno del Ejército “que había matado al Presidente Allende”. Su fuente es, siempre, el agente Scherrer. “Después de emplear casi dos días en beber cafés y tragos con varios confidentes chilenos, Scherrer descubrió [en 1977] lo que quería saber: el capitán René Riveros era un héroe especial para algunos de sus colegas de las FFAA chilenas, porque él fue quien mató al Presidente Allende en el asalto a La Moneda. Este hecho era entonces un secreto de Estado radiactivo”, escribe Propper.

El 20 septiembre 1973, en concreto, y citando verbalmente un informe de la Brigada de Homicidios, el flamante director militar de Investigaciones, general Baeza, informa que “el cadáver [de Allende] yacía sentado sobre un diván de terciopelo rojo granate adosado al muro oriental, entre dos ventanas que miran a la calle Morandé, con la cabeza y el tronco levemente inclinados hacia el lado derecho, miembros superiores ligeramente extendidos, extremidades inferiores extendidas y un tanto separadas”.

La foto número 1416/73-W, sustraída a fines de 1973 del expediente de Investigaciones, efectivamente tomada el 11 de septiembre (la primera de una serie que va de la A a la Z), que hoy se puede encontrar en diversos sitios de Internet, sin indicar procedencia y como de “autor anónimo”. Muestra la real posición del cuerpo del Presidente muerto, que no está sentado, sino más bien tendido en el sofá, hasta donde al parecer fue arrastrado (de ahí la posición rígida de las piernas), cargado sobre una frazada doblada puesta bajo su espalda.

EL TIRO POR LA CULATA

El cineasta Patricio Guzmán, autor del galardonado documental “Allende”, que estuvo a primeras horas del 11-S filmando en las afueras de La Moneda, declaró hace pocas semanas a la BBC de Londres que, con anterioridad a esta foto, el cuerpo de Allende muerto yacía tendido en el suelo.

Pero el 20 de septiembre de 1973, el general Baeza, que ya había olvidado su transitoria renuncia, añadía que “los proyectiles suicidas fueron disparados con el arma puesta entre las rodillas y el cañón pegado a la barbilla”. Y agregaba: “Arma utilizada: fusil-ametralladora núm. 1.651, de fabricación soviética, en cuya culata se leía la inscripción: ‘A Salvador, de su compañero de armas, Fidel’”.

Todo claro, salvo que el fusil-ametralladora AK-S que aparece en el croquis número 15.254 de la Policía Técnica de Investigaciones, dibujado ex profeso entre las piernas de Allende muerto, no tiene culata, en el sentido tradicional del término; esto es, culata de madera.

La presencia de la dedicatoria “en la culata” (una lámina de bronce), la recuerda expresamente el doctor Óscar Soto, médico de cabecera del Presidente, en su libro “El último día de Salvador Allende”, y también Tati, Beatriz Allende, la hija mayor, en su discurso en La Habana, en el homenaje masivo a su padre, organizado por Fidel Castro, el 28 de septiembre de 1973, en la Plaza de la Revolución ante un millón de personas.

Pero, aparentemente, del fusil-ametralladora dedicado por Fidel Castro no salió ningún tiro el 11 de septiembre, ni el arma estuvo en La Moneda, al menos mientras Allende vivió. Desapareció ese mismo día, y nunca más se lo ha vuelto a ver, aparentemente destruido –junto a todas las otras pruebas físicas de las armas y proyectiles que pudieron intervenir en la muerte de Allende– por orden del general Javier Palacios, siguiendo instrucciones de la Junta Militar.

El asesor político de Allende y perseguidor implacable de Pinochet, el abogado español Joan Garcés, frecuentaba tanto la casona de Tomás Moro como el refugio de El Cañaveral, camino a Farellones, donde Allende pasaba a veces la noche. “La metralleta obsequiada por Fidel Castro a Salvador”, le ha confirmado Garcés a su amigo Víctor Pey (el dueño del diario “el Clarín”), “nunca salió de El Cañaveral; siempre estuvo allí, expuesta en una pared del living”.

La noche del 10 al 11 de septiembre, tanto Joan Garcés como el periodista Augusto Olivares pernoctaron en Tomás Moro. En la madrugada se trasladaron a La Moneda, tras los autos que llevaban al Presidente y su escolta, armados cada uno de sus integrantes con fusiles-ametralladora AK-S. Éstos eran 20 ó 23, según distintas fuentes, pero el arma obsequiada por Fidel Castro seguía en El Cañaveral.

Es cierto que la Payita, que vivía en El Cañaveral, al enterarse del golpe bajó inmediatamente a Santiago, junto a 13 GAP, entre ellos su hijo, Enrique Ropert, de 19 años. Pero no pudieron llegar con sus armas hasta la misma Moneda. Se ignora si bajaban con el AK obsequiado por Fidel Castro. Fueron hechos prisioneros en la Intendencia, desarmados, incluido el hijo de la Payita, que hasta hoy permanece como detenido-torturado-desaparecido.

Así, en el mejor de los casos, la metralleta de Fidel quedó secuestrada en la Intendencia, aunque lo más probable es que “nunca haya salido de El Cañaveral”, como sostiene Joan Garcés. Pero desde la Intendencia o desde El Cañaveral pudo ser fácilmente trasladado aquel AK a La Moneda, una vez concluida la batalla, disparar dos balazos a la muralla, atravesando el gobelino, e inventar la fábula del “suicidio de Allende con el obsequio de Fidel” que propagandísticamente asociaba –y en forma subliminal– el final de la vía pacífica al socialismo con el castrismo.

UN SOLO TIRO

Desde los detectives de la guardia presidencial, que defendieron la vida de Allende en La Moneda, hasta los doctores del Instituto Médico Legal, que practicaron la autopsia esa misma noche del 11-S, ante los jefes de Sanidad de cada una de las ramas de las FFAA, muchos coinciden –con distintos grados de certeza– en que el Presidente murió de un solo balazo. Incluso, en un informe oficial se menciona expresamente un cartucho de bala de pistola, que yacía (muy visible) a los pies del occiso, ya percutado, y se elude examinar el arma de donde provino.

Estos testimonios y documentos destruirían la tesis sostenida hasta su muerte, en junio pasado, por el general Javier Palacios Ruhman, de que Allende se suicidó utilizando una metralleta AK que disparaba 20 balas en un segundo, independientemente de si había sido regalada por Fidel Castro o no. Es cierto que el Kalashnikov también se podía disparar tiro a tiro, es decir, uno a uno, pero no de dos en dos, ni de cuatro en cuatro. O se disparaba en ráfaga o tiro a tiro.

¿Pero cómo justificar entonces los dos balazos incrustados en el gobelino que cubría la pared posterior al sofá donde fue depositado su cuerpo ya sin vida? ¿Se necesitaba reforzar la idea de “varios” disparos de una metralleta para justificar la presunta utilización del arma obsequiada por Castro?

OÍDO DE DETECTIVES Y MÉDICOS

En los informes posteriores de la Policía Técnica y de autopsia (noche y madrugada del 11 y 12 de septiembre del ’73), en ningún párrafo se indica el calibre de la o las balas que ultimaron a Salvador Allende, de tal manera que no se determinó finalmente si eran de metralleta o de pistola. Esto ha sido apreciado como altamente “sospechoso” y “más que grave” por distintos autores, entre ellos el chileno Hermes Benítez, que escribió recientemente en Canadá el libro “Las muertes de Salvador Allende”, presentado el lunes pasado en Santiago por la Editorial Ril.

Mónica González, Patricia Verdugo y María Olivia Monckeberg entrevistaron en la revista “Análisis” de junio 1987 a los detectives que combatieron defendiendo La Moneda, y sus declaraciones son sorprendentes.

En el reportaje del trío estelar, “Así murió Allende: hablan los detectives de La Moneda”, se adhiere sin vacilar a la tesis del suicidio. “Que la izquierda estuviera manteniendo el mito del Presidente asesinado no le hacia bien a nadie”, recordaría años después Patricia Verdugo.

Las periodistas recogen el relato de los ex funcionarios de Investigaciones Seoane, Romero y Garrido, que aseguran haber oído el ruido de UN solo disparo (textual) y tener la certeza de que el Presidente se suicidó.

En el informe final de la autopsia médica, concluida en el Hospital Militar la madrugada del 12 de septiembre, se afirma textualmente que “la causa de la muerte [de Allende] es la herida a bala cérvico-buco-cráneo-encefálica reciente con salida de proyectil... El disparo corresponde a los llamados ‘de corta distancia’ en medicina legal...”.

Sólo los laboratoristas de “física y química” de la Policía Técnica (y no los detectives de la Brigada de Homicidios) consignaron que, si bien “la muerte del señor Allende Gossens se produjo como consecuencia de UNA herida a bala… no se descarta [ojo, la redacción]… no se descarta la posibilidad de que se trate de dos trayectorias correspondientes a dos disparos de rápida sucesión”.

Lo que nadie supo hasta el año 2003 –al menos públicamente– es que en el momento de morir, Allende estaba en presencia de al menos ocho personas, la mayoría de ellos médicos.

Según relató del doctor José Quiroga, cirujano que actualmente reside en Los Ángeles (California) y entonces miembro del equipo médico que cuidaba al Primer Mandatario, no sólo el doctor Patricio Guijón vio morir a Salvador Allende, sino también el entonces ministro de Salud, Arturo Jirón, Hernán Ruiz Pulido (cardiólogo), el abogado Arsenio Poupin, subsecretario general de Gobierno, Enrique Huerta, intendente de palacio y el detective David Garrido.

Una vez afuera y terminada la conquista a sangre y fuego de La Moneda, el general Palacios liberó horas más tarde a todos los médicos que se manifestaron como tales, salvándose de correr la suerte de los otros defensores de la sede del Gobierno constitucional, algunos de los cuales hasta hoy figuran en las listas de detenidos-torturados-desaparecidos y fusilados.

“Sólo permaneció arriba el doctor Patricio Guijón Klein, junto al cadáver de Allende, como él mismo ha testificado”, concluyó Quiroga.

Imagen, aparentemente "arreglada", del cadáver del Presidete Salvador Allende.