| Radio Cooperativa - Noticias del Día |
A cuatro décadas de su fusilamiento, Ernesto Guevara es recordado por todo el mundo, pues –a juicio de Harry Villegas- era una muestra de sacrificio y simbolizaba valores que la sociedad hasta hoy ansía.
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| Actualizado 1:45 P.M. (hora local) | La Habana, lunes 8 de octubre de 2007. Año 11 / Número 278 |
Le doy las gracias por lo que trató de hacer y no pudo en su país de nacimiento, porque fue como una flor arrancada prematuramente de su tallo.
Nos dejó su estilo inconfundible de escribir, con elegancia, brevedad y veracidad, cada detalle de lo que pasaba por su mente. Era un predestinado, pero él no lo sabía. Combate con nosotros y por nosotros.
Ayer se cumplió el 31 aniversario de la matanza de los pasajeros y tripulantes del avión cubano hecho estallar en pleno vuelo, y nos adentramos en el décimo aniversario del cruel e injusto encarcelamiento de los cinco héroes antiterroristas cubanos. Ante todos ellos inclinamos igualmente nuestras frentes.
Con mucha emoción vi y escuché por la televisión el acto conmemorativo.Fidel Castro Ruz
7 de octubre de 2007
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Yo pienso que era un modelo de hombre revolucionario
(Tomado del Capítulo 8 del libro Cien horas con Fidel)
ALEGRÍA DE PÍO - PRIMERAS VICTORIAS - EL CHE EN LOS COMBATES - RAÚL y CAMILO - ESTRATEGIAS DE GUERRA LA DERROTA DE BATISTA - TRIUNFO DE LA REVOLUCIÓN
Ustedes desembarcan el 2 de diciembre de 1956 y, poco después, en Alegría de Pío, sufren un ataque devastador.
Eso ocurre el día 5. Nosotros habíamos realizado todas las pruebas de navegación con un barco vacío, no sabíamos mucho de marinería, y cuando cargamos al "Granma" con 82 hombres, más las armas, las municiones, los alimentos y el combustible adicional, pierde velocidad y llega en siete días en vez de cinco, con apenas unas pulgadas de combustible en los tanques. Nos retrasamos dos días. Y nos atacan tres días después del desembarco.
Fidel y el Che durante las pruebas de un fusil lanzagranadas en Pata de la Mesa, Sierra Maestra, febrero de 1958.
En Alegría de Pío, mientras marchábamos hacia las montañas, todavía distantes, estaba amaneciendo el día 5 de diciembre. Pasamos junto a un pequeño monte no mayor de una hectárea y caminamos 100 ó 200 metros más hacia el gran monte situado entre la línea de costa que limita con el mar por el Sur y la franja de tierra llana y fértil, sembrada de pasto y caña al Norte. Llegamos al borde de ese bosque, lo exploramos y a lo largo de cientos de metros nos desplegamos. Era un punto adecuado que dominaba un buen tramo del camino que traíamos, pero el suelo era rocoso y lleno de ásperas piedras. De nuevo, al finalizar la tarde, habría que caminar otra noche entera para cruzar la línea del cerco. Algunos compañeros estaban totalmente agotados. Decido acampar en el pequeño monte de suelo blando y a pocos metros de un campo de caña fresca y apta para el consumo. Los hombres se ubicaron con sus escuadras para descansar esperando la noche. La posta, a solo cien metros del campamento. Demasiada confianza.
Ya entrada la tarde, avionetas enemigas comenzaron a explorar desde temprano. Alrededor de las 4:00 de la tarde, aviones de caza volaban rasantes sobre el bosquecito. Aproximadamente a las 5:00, los primeros disparos, y segundos después, fuego cerrado de infantería contra nosotros, que estábamos distraídos por el ruido ensordecedor de los cazas en vuelo rasante. Habíamos sido sorprendidos.
Dispersión total. Yo me quedé solo con otros dos compañeros en el cañaveral próximo adonde una parte del personal se replegó o cruzó por él. Cada hombre o pequeño grupo vivió su propia odisea. Ocultos los tres en la caña, esperamos la noche ya cercana y nos dirigimos al bosque grande. Allí dormimos como se pudo. Total de fuerzas: 3 hombres; total de armas: mi fusil con 90 balas y el de Universo [Sánchez] con 30. Era lo que quedaba bajo mi mando.
La zona estaba llena de soldados. Había que marchar hacia el Este y reunir lo más posible las fuerzas dispersadas. Yo era partidario de avanzar hacia el Este por el borde del bosque. Faustino [Pérez], miembro como yo de la dirección del Movimiento, era partidario de marchar a través de una extensa área de caña en crecimiento con menos de un metro de altura. Se nos podía ver desde cualquier distancia. Yo hice mal, porque me puse furioso con la testarudez de Faustino, y digo: "¿Es por ahí? ¡Pues vamos por ahí!". No es difícil imaginar cuán terrible era mi estado de ánimo al haber visto desaparecer en cuestión de minutos el esfuerzo realizado durante casi dos años. Tomar aquella dirección fue un disparate. Habíamos caminado ya varios kilómetros a plena luz del día, cuando observé un avión civil de porte mediano que daba vueltas en torno a nosotros a la distancia aproximada de mil metros. Me percato del peligro. Aceleramos el paso. Delante, un campo de caña demolido y tres matorrales de marabú, planta espinosa que crece espontánea en tierras abandonadas, alineados hacia el Este a distancia no mayor de 30 metros uno del otro. En el primero de ellos nos ocultamos. La nave que nos observaba esperaba los cazas, que aparecieron casi de inmediato ametrallando el tercer matorral a 60 metros de nosotros. A muy pocos metros de ese punto donde estábamos comenzaba otro viejo campo de caña. Dije que había que abandonar de inmediato el matorral, de apenas 10 metros de diámetro, y nos tendimos bajo las hojas y la paja de aquella caña a pocos metros de distancia. Casi al instante los cazas, atacando desde el Este, ametrallaron nuestro matorral en pases sucesivos durante un tiempo que nos pareció infinito. La tierra temblaba bajo los disparos de las ocho ametralladoras calibre 50 que portaba cada avión. A pocos metros de distancia del marabú, después de cada ametrallamiento, llamaba en voz alta a Universo y a Faustino, a quien, a pesar de su cabeza dura, estimaba mucho y seguiré estimando siempre por sus muchas cualidades revolucionarias. Ninguno de los tres estábamos muertos o heridos. Un breve lapso de minutos sin disparos nos permite avanzar 30 ó 40 metros hacia una caña más alta y cerrada. Era imposible alejarse más. El ametrallamiento había cesado. Las avionetas de exploración se turnaban una tras otra vigilando el lugar desde muy baja altura. Nos sepultamos bajo las hojas y la paja de caña sin hacer movimiento alguno.
Viví entonces uno de los momentos más dramáticos de mi vida. Me entra sueño, mucho sueño, en aquel cañaveral, a muy poca distancia del punto que habían ametrallado. Yo decía: "Con seguridad van a venir a explorar por tierra. Vendrán para ver los resultados del desproporcionado ataque".
Ellos no podían saber quiénes eran los hombres que allí se encontraban. Cualesquiera que fuesen, los atacaron con verdadera saña. Eso ocurrió poco después del mediodía. No puedo saber la hora exacta. Sé que nosotros estábamos debajo de paja y hojas de caña, porque mantuvieron una avioneta que prácticamente no nos dejaba mover, vigilando todo el tiempo, observando el lugar. Debajo de la caña y en esa posición, le cae a uno el agotamiento por todas las tensiones de los días anteriores.
¿Esa fue una de las situaciones más dramáticas que ha vivido usted?
De las que yo he vivido, esa, esa tarde, a esa hora; ninguna otra fue tan dramática. Ya le conté lo de Sarría cuando me capturaron después del asalto al Moncada.
Sí, pero esta fue más dramática, ¿no?
Recuerdo cuando apenas podía contener el sueño. Mi fusil tenía dos gatillos: uno suavizaba el disparo y el otro, después de eso, no había más que tocarlo para un disparo de precisión. Mi fusil tenía una mirilla telescópica de diez poderes.
¿En aquellas circunstancias qué hice? Cuando vi que era inevitable que me durmiera, me puse de lado y coloqué la culata del fusil entre las dos piernas y la punta del cañón debajo de la barbilla. No quería que me capturaran vivo si la exploración enemiga me sorprendía dormido. Haber tenido una pistola en ese caso era mejor: la sacas fácilmente y disparas contra el enemigo o contra ti mismo; pero con un fusil de esas características, si te sorprenden dormido, no podías hacer nada. Estábamos debajo de la paja, la avioneta encima. Como no podía moverme, me dormí profundamente. Era tal el agotamiento que dormí como tres horas. La tarde comenzaba a refrescar.
¿A pesar de ese desembarco trágico y de las bajas, usted no se desalentó?
No. Comenzamos a reorganizarnos con dos fusiles: Raúl, por otra parte, dos semanas más tarde llegó a un punto con cinco fusiles. Sumados los dos, en total reunimos ese día siete fusiles. Ahí yo dije por primera vez: "Ahora sí ganamos la guerra". Me acordaba de la frase de Carlos Manuel de Céspedes, quien respondiendo a los pesimistas, cuando tenía doce hombres en situación similar, exclamó: "¡Aún quedamos doce hombres! Bastan para hacer la independencia de Cuba". Raúl y yo tuvimos siempre la misma idea, llegar a la Sierra y seguir la guerra.
El mate, una de las costumbres argentinas.
Hubo, pues, un momento en que con siete fusiles continuamos la lucha; pero ya en esa ocasión, ayudados por los campesinos que habían recogido algunos fusiles de varios de nuestros compañeros que fueron asesinados o habían guardado las armas en un lugar para recogerlas más tarde, reunimos 17 armas de guerra, y con ellas obtuvimos nuestra primera victoria.
¿Cuál es esa primera victoria?
El primer combate fue contra una patrulla mixta de soldados y marinos. Tiene lugar el 17 de enero de 1957, 46 días después de nuestro desembarco el 2 de diciembre de 1956. Ese fue nuestro primer combate victorioso, el primer pequeño, pero simbólico, combate. Cinco días después, un pelotón de paracaidistas que marcha a la vanguardia de una columna de 300 hombres, se adelanta y cae en una fuerte emboscada minuciosamente preparada en todos sus detalles; se le ocasionan alrededor de 5 bajas y se le ocupa un fusil semiautomático Garand con todas sus balas. Sería largo contar los detalles de los dos primeros combates victoriosos: La Plata y los Llanos del Infierno de Palma Mocha. Llegamos a tener 30 hombres armados a partir de los 19 que libran el primer combate.
Se presentan después dificultades tremendas a partir de una sensible y nociva traición por parte del único guía con que contábamos. Volvimos a ser 20 y después 12 hombres. Después del desembarco, a partir del durísimo revés de Alegría de Pío, ya en rápido proceso de recuperación, ocurrió aquella traición.
¿Qué fue lo más difícil en ese primer periodo?
¿Qué fue lo más difícil? El aprendizaje. Si hubiéramos desembarcado con los 82 hombres en el lugar propicio que teníamos previsto para desembarcar, la guerra hubiera podido durar solo siete meses. ¿Por qué? Por la experiencia. Con aquella tropa, 55 fusiles de mirilla telescópica, tiradores excelentes y la experiencia que teníamos, la guerra al final no dura ni siete meses. En el "Granma", yo gradué los 55 fusiles para disparos certeros a 600 metros. Teníamos tres marcas de fusiles y cada una tenía una variación diferente, según el acero y el tipo de bala, y en el "Granma", en una distancia de diez metros, mediante una fórmula geométrica, gradué todos los fusiles. Pasé más de dos días graduando fusiles.
El Che padecía asma, lo cual debe ser una dificultad seria para combatir en una guerrilla. Usted, a la hora de seleccionar a los hombres que iban a ir en el yate "Granma", descarta a otros pero no a él. ¿Planteó el asma de él algún problema después?
El Che viene en el "Granma", naturalmente. Claro, todo se preparó como había que hacerlo. Todo el mundo tenía que estar listo para partir en cualquier momento. Nadie conocía cuándo saldríamos. Aquella noche del 24 de noviembre de 1956, cuando nos movilizamos hacia una casa a orillas del río Tuxpan, el Che se mueve y no lleva el aerosol para el asma. Y, sin embargo, claro que viene en el "Granma".
¿Sin sus medicamentos para el asma?
Sí. Y unos meses más tarde, estando allá en la Sierra, después de la reunión en febrero de 1957 con el periodista del The New York Times, Herbert Matthews, cuando habíamos alcanzado de nuevo la cifra de 20 combatientes, cada vez más conocedores del terreno, más curtidos en el empeño de sobrevivir y desarrollarnos en aquellas difíciles condiciones, bajo implacable y continua persecución de un enemigo herido en su orgullo profesional y lleno de desprecio hacia nuestra modesta fuerza, se presentó una complicada situación derivada del asma del Che.
Nos ataca una fuerte columna. Nos habíamos retrasado peligrosamente en la marcha debido a una fuerte crisis de asma que se le presentó al Che. En ese momento apenas podía caminar. Teníamos que subir una ladera muy inclinada, íbamos avanzando cuesta arriba hacia un área boscosa, y una columna de 300 soldados aproximadamente que adelantaba por el flanco izquierdo, a más altura que nosotros, en el firme de una elevación sembrada de pasto, al divisarnos, nos dispara con morteros y fuego de fusilería. A pesar de eso, casi arrastrando al Che, continuamos el ascenso, tratando de llegar a la zona boscosa antes que la columna enemiga. Era ya tarde y estaba anocheciendo. Alcanzamos el bosque minutos antes de que un colosal aguacero comenzara a desatarse sobre ambos contendientes, a distancia no mayor de 600 ó 700 metros entre sí. El agua nos obliga a seguir sin descanso hasta el otro lado de la cima de aquel firme donde, ya totalmente de noche, encontramos dos familias campesinas con viviendas separadas por algunos centenares de metros. Estábamos con frío y chorreando agua. El Che no podía ya ni moverse.
¿Tenía una crisis de asma?
Sí, una crisis verdaderamente fuerte. Esto nos pone en una situación bastante compleja. No existía el medicamento. Habría podido recibirse rápido de Manzanillo, en el punto donde nos habíamos reunido con Matthews. El Che no había dicho una palabra entonces. Estaba en ese momento inmovilizado, y el ejército detrás. No era de esperar que se moviera de noche por el camino boscoso, con oscuridad y fango. Con seguridad lo haría al amanecer hasta llegar al punto donde estábamos.
Me presento a los dos campesinos, y haciendo acopio de serenidad y sangre fría, me hago pasar por coronel batistiano. Nada tenía aquello de extraño, teniendo en cuenta las explosiones cercanas de morteros y el intenso fuego de los disparos de fusil escuchados hasta hacía muy poco tiempo. A veces fue necesario este ardid, porque los campesinos al principio se preocupaban mucho cuando los visitaba por primera vez un grupo rebelde, debido a las represalias que tomaba después el ejército contra ellos. Pero mi supuesta identidad tenía un defecto: me mostraba demasiado decente. Yo me decía: "Tengo que estudiar a estos dos hombres, porque hay que buscar la manera de que uno de ellos vaya a buscar la medicina". Hablé horas allí con esos dos hombres. No voy a mencionar el apellido de uno que era batistiano de verdad, y decía: "Oiga, saludos para mi general, dígale esto y lo otro". ¡Cómo me agasajó! El otro me hablaba más sosegado. Le digo a Isaac así se llamaba: "Bueno, ¿qué le parece este hombre?", refiriéndome a Batista. Responde: "Mire, yo era ortodoxo". Ese partido mencionado por Isaac era muy antibatistiano. "Oiga", continuó, "pero hay que ver la obra que ha hecho este hombre", me dijo Isaac. Se refería a Batista. Pensaba yo en tantas casas que sus tropas habían quemado en la Sierra Maestra, los horrores que habían cometido y la gente que habían asesinado. Me doy cuenta de que aquel era el hombre que necesitaba, me había fijado bien. No era verdad que simpatizara con Batista, y le dije: "Isaac, yo no soy coronel, soy Fidel Castro". Sus ojos se abrieron expresando una alegría colosal.
Expliqué: "Tenemos una situación muy difícil, un compañero en esta situación, hay que ir a Manzanillo a buscar el medicamento y hay que buscar un lugar donde guarecerlo y que no lo descubran". Le dimos el dinero para que al amanecer saliera hacia Manzanillo a buscar las medicinas. Y fue.
En un sitio bien guarecido dejamos al Che con su fusil, y otro compañero más. El resto del grupo, que sumaba en ese momento 18 hombres en total, subimos por el mismo camino que debía utilizar el ejército, un camino amplio y fangoso hacia las Minas del Frío.
Ya en esa época caminábamos rápido. Después de los primeros combates, Guillermo García solía usar uniforme de sargento y un casco de los ocupados en los primeros combates. Ya nosotros padecíamos de hambre psicológica, y por delante siempre mandábamos a preparar algo. Ya estábamos arriba en la Maestra cuando se produce una confusión sobre el avance de fuerzas enemigas más próximas a nuestro grupo, ocupado en diversas tareas y fragmentado en ese momento. Conclusión: de los 18 que éramos, 6 se van por un lado, eran todos campesinos incorporados, y por otro quedamos solo 12, todos del "Granma".
Ese mismo día el jefe del ejército de Batista, ¡fíjese la casualidad!, pronuncia en Columbia, el cuartel general del Ejército, un discurso, y dice: "Vamos a darle candela al jarro hasta que suelte el fondo. Solo quedan 12, y no tienen otra alternativa que rendirse o escapar, si es que pueden". En ese momento no estaba el Che, porque había quedado en el lugar referido. El campesino José Isaac había cumplido la misión.
¿Y trae el medicamento?
Trae el medicamento. Cuando nos separamos, yo le doy una tarea al Che: recibir un refuerzo de hombres y armas que Frank País enviaría desde Santiago de Cuba, en espera de mi llegada tan pronto recibiera confirmación. Mientras tanto, yo realizaba una exploración en profundidad con un pequeño destacamento en la dirección Este de la Sierra Maestra. Los reclutas —pudimos observarlo muchos meses más tarde— tenían un inconveniente: menos experiencia, y por esa causa una emboscada, por ejemplo, u otra operación, podía frustrarse; pero eran más decididos, porque querían hacer en un mes, dos o tres lo que habían oído decir que hicieron otros en un año. En situaciones como esas, es mejor el recluta, pero con buenos y experimentados jefes.
Cuando llega ese refuerzo, varias semanas más tarde, hubo problemas porque el Che era argentino, y le dieron cierto tratamiento chovinista.
¿Todavía al Che se le consideraba como argentino?
Todavía no era comandante. Era el médico de nuestra tropa que se destaca...
¿Cuál era su comportamiento como médico de la guerrilla?
El Che se quedaba con los heridos y los atendía con esmero. Era una característica de él. Como médico, se quedaba con los enfermos, porque en aquella naturaleza, agreste y boscosa, con los combatientes perseguidos desde muy diferentes direcciones, la fuerza que pudiéramos llamar principal era la que tenía que moverse después del combate, dejar un rastro bien visible para que en alguna zona cercana pudieran permanecer, sin peligro, el médico y los heridos. Hubo un tiempo en que el único médico era él, hasta que otros se sumaron a nuestra lucha.
Junto a Camilo en la Sierra Maestra, preparando un nuevo armamento de invención rebelde.
Después del primer combate, les hicimos la emboscada a las tropas paracaidistas; ya disponíamos de 30 hombres armados, como le conté. No tuvimos ningún herido en el primer combate, ninguno en el segundo. Como médico, el Che no tuvo que intervenir.
Pero el combate más duro fue el que se produjo cuando atacamos el cuartel de Uvero, en plena costa. Una acción sumamente riesgosa para todos, sencillamente porque cuando estábamos en las montañas vigilando los movimientos de fuerzas enemigas para golpearlos fuertemente, llegaron noticias de un desembarco de cubanos armados, por el Norte de la provincia. Ellos pertenecían a otra organización que no coordinó con nadie. Nos acordamos de nuestras enormes dificultades y sufrimientos en los días iniciales y, como acto de solidaridad a favor de aquellos que habían desembarcado, decidimos realizar una acción bien audaz que, desde el punto de vista militar, no era la más conveniente, y consistió sencillamente en atacar una unidad enemiga bien atrincherada en la orilla del mar, en la costa al Sur de la Sierra y no distante de nuestra zona de movimientos.
Fue osado, y lo hicimos por ayudar a un grupo que no tenía ni relaciones con nosotros, pero se trataba de compatriotas, sabíamos lo que podía ocurrirles y ya teníamos mucha confianza en nosotros mismos. Por darles apoyo, nos apartamos de nuestra doctrina. Realizamos un ataque temerario en el que murió o fue herido un tercio de los participantes. La acción se realizó en pleno día. Por suerte les destruimos las comunicaciones desde el primer instante. Ni nave de guerra ni aviones se aparecieron en aquel punto, porque quedó destruida la comunicación.
Yo llevaba el fusil de mirilla telescópica que le enseñé, y en esa etapa el primer disparo lo hacía yo, era la forma de ordenar el inicio de la operación. Fíjese si en ese combate hubo volumen de fuego que en aquel cuartel de madera había siete cotorras y cinco murieron de bala. Teníamos, al iniciar la acción, dos pelotones de reserva; disparaban conmigo hacia el objetivo desde una pequeña altura. Era necesario observar cómo reaccionaban los soldados de la guarnición. Había unos troncos de árboles amontonados detrás de la instalación, porque era una zona forestal y allí embarcaban maderos para Santiago de Cuba. En aquella estiba de fuertes leños también se atrincheraron y tiraban contra nosotros hacia la altura donde nos encontrábamos. Los soldados disponían igualmente de varios fortines de troncos que resultaron difíciles de neutralizar y desde donde disparaban contra las fuerzas rebeldes.
En el combate se destacaron no pocos jefes de escuadras y pelotones como Guillermo, al frente de una escuadra del grupo que atacó por el Oeste y tomó el fortín que estaba en esa dirección, junto a Furry y otros valientes del pelotón de Santiago de Cuba.
Juan Almeida fue enviado con su pelotón desde los primeros disparos de nuestro ataque en dirección de la instalación principal; ya próximo a esta, entabla combate, prácticamente de pie, con un punto fortificado que le quedaba a la izquierda de su trayecto. Cae herido con tres balazos.
Ramiro Valdés, segundo jefe del pelotón de Raúl, muy próximo a este, informa que a su lado, con un disparo en el ojo, Julito Díaz acababa de morir.
Realmente el enemigo, a pesar de la colosal sorpresa y de las bajas, se había restablecido pronto y combatía con ardor.
En medio de aquella situación complicada envío a Raúl, que había estado conmigo desde el principio del ataque, hacia el objetivo principal en apoyo de los que allí luchaban duramente. Era la última reserva. Conmigo quedaban Celia y cuatro o cinco compañeros más del Estado Mayor, que también participaban desde el comienzo de la operación hacía ya más de dos horas. Antes había ordenado al Che avanzar por el flanco izquierdo; tenía un fusil-ametralladora. Estaba con nosotros en el grupo de mando, lo vimos impaciente, interesado en reforzar los atacantes en aquella dirección, y con dos o tres hombres lo envié para fortalecer a los combatientes en ese punto, en la zona por donde podían recibir algún apoyo los enemigos, aunque sabíamos dónde estaban sus tropas y cuánto tardarían en llegar.
Curiosamente coincidían en aquel duro combate los principales jefes de pelotones y escuadras. Tres de ellos, Raúl, Almeida y Ramiro, asaltantes del Moncada y expedicionarios del "Granma", y otros dos, Guillermo García, el primer campesino que se nos unió después de Alegría de Pío, y Abelardo Colomé, "Furry", combatiente santiaguero enviado por Frank País.
Tuvimos la suerte de que la aviación no se apareció, como dije, porque aquel combate con los aviones arriba hubiera sido muy serio, o con barcos dirigiendo cañonazos de grueso calibre desde el mar hacia nuestras posiciones no protegidas en las alturas que rodeaban el cuartel, desde donde hacíamos fuego. En ese caso habríamos tenido que ordenar la retirada, a más tardar una hora después de iniciada la acción. Ellos tenían armas de guerra automáticas y semiautomáticas, y se defendieron con ahínco. Se trataba de una compañía de soldados de las tropas especiales de operaciones.
El Che cumplió su misión donde le señalé. El combate de Uvero se prolongó casi tres horas. El adversario tuvo once muertos y 19 heridos, entre estos últimos el teniente jefe del cuartel. Nosotros perdimos a 7 combatientes y tuvimos 8 heridos, varios de gravedad. Alcanzada la victoria, prestamos ayuda a todos los que lo requerían. Entre el Che y el médico militar del Cuartel atendieron a los soldados heridos, que eran más numerosos que los nuestros. El Che dirigió la atención de todos. ¡No se imagina usted la sensibilidad de aquel hombre!
Ocupamos 45 fusiles, de ellos 24 Garand semiautomáticos, 20 Springfield, un fusil ametralladora Browning; cerca de 6 mil balas 30,06; y otros equipos: pistolas, uniformes, botas, mochilas, cananas, cascos y bayonetas.
A un número de prisioneros los llevamos con nosotros, mientras que a dos de los nuestros tuvimos que dejarlos allí porque no podían moverse.
¿Ustedes abandonaron a sus heridos?
Le cuento. Mantuvimos un número de prisioneros para garantizar que no asesinaran a los dos revolucionarios heridos que quedaron en el cuartel. No porque fuésemos a tomar represalia en cualquier circunstancia, pero ejercíamos así una presión sobre el enemigo. Si tú tienes 15 ó 16 prisioneros, dispones de una cierta garantía. Allí quedaron los heridos de ellos y dos de los nuestros, tan graves que no podían desplazarse. Nos llevamos los prisioneros que podíamos llevarnos.
El Che cura a los heridos. Él sabía que uno de nuestros compañeros estaba a punto de morir, magnífico muchacho. ¿Qué hizo el Che? Le dio un beso al combatiente que dejaba casi moribundo. Me impactó eso cuando me lo contó, con dolor, recordando aquel momento en que sabía que el compañero herido no tenía salvación posible y él, inclinándose, le había dado un beso en la frente. El Che sabía que inexorablemente moriría. El otro sobrevivió. Por supuesto que llevamos con nosotros, como hicimos siempre, al resto de nuestros heridos, entre ellos Almeida. Después, en el último camión, el Che se fue con nosotros. Yo envié por delante la fuerza, y después nos retiramos, apartándonos del lugar lo más rápido posible, ya que debíamos alcanzar una zona más alta y bajo el bosque, porque de un momento a otro podían llegar refuerzos enemigos, incluidos los aviones de combate, que no tardaron en llegar. Efectivamente, un soldado de la guarnición que había escapado y no cayó prisionero, avisó; fue entonces cuando el enemigo supo del ataque.
Al Che lo enviamos, con poca tropa para que no dejara mucho rastro y con los heridos nuestros que podían moverse, a una zona campesina donde los atendieron. Él tenía varios hombres armados. Con esa poca gente atiende a los pacientes. Había varias columnas de soldados enemigos que se acercaban, y era previsible una reacción ulterior contra nuestra columna después del atrevido y desafiante ataque.
Hicimos una gran trocha, avanzando entre columnas enemigas hacia el noroeste. Era la dirección hacia donde tenían que perseguirnos, y no fue fácil esa marcha. El Che y sus hombres quedaron en la lejana retaguardia. Fue al cabo de más de un mes cuando se nos incorporó de nuevo con su grupo y algunos campesinos que se le sumaron. Entonces, el primer comandante que nombramos fue al Che. Había dos que se distinguían mucho: Che y Camilo.
Camilo Cienfuegos.
Sí, Camilo, menos intelectual que el Che pero también muy valiente, un jefe eminente, muy audaz y muy humano. Los dos se respetaban y se querían mucho. Camilo se había destacado, era el jefe de nuestra vanguardia en la Columna 1 durante los días más difíciles de los primeros meses. Ahora lo habíamos asignado a la columna del Che. Tiempo después, hizo incursiones al llano y finalmente estableció un frente en aquel territorio, algo difícil sobre lo que no había experiencia. Camilo se destacaba mucho.
¿Ahí ya usted organiza los diferentes frentes de la guerrilla, con el Che, Camilo y su hermano Raúl?
A una parte de la tropa con la que yo regreso de aquel combate a orillas del mar y algunos buenos oficiales con sus hombres, entre ellos Camilo y otros, los envío con el Che a formar la segunda columna hacia el Este del pico Turquino, que no estaba muy lejos de la primera. Ese fue el Primer Frente, con la columna originaria y la nueva columna bajo el mando del Che.
En esa época, la columna guerrillera originaria actuaba según la táctica de la guerra de movimientos, atacar y replegarse, sin una base territorial permanente. Yo siempre tuve el mando de la Columna 1, a lo largo de toda la guerra. De ella salieron todas las demás; la del Che fue la primera, después la de Raúl, que cruza de la Sierra Maestra a la zona montañosa del noreste de la región oriental. Con 50 hombres realizó la operación, fue el primer cruce del llano hacia aquella dirección; lo hicieron perfectamente, y crearon el Segundo Frente Oriental. En aquel amplio y lejano territorio Raúl tenía la facultad de crear columnas y nombrar comandantes. De inmediato se forma la columna de Juan Almeida, que fue la tercera, para crear el Tercer Frente.
Con posterioridad, las nuevas columnas de Camilo y el Che, la de Raúl, la de Almeida, y varias otras hacia el Este, el noroeste oriental y hacia el centro del país, antes o después de la última ofensiva enemiga, todas salieron de la Columna 1.
¿En ese momento ya usted no tiene dudas de que Che Guevara es un dirigente de excepción?
Era un ejemplo, tenía mucha moral y ascendencia sobre su tropa. Yo pienso que era un modelo de hombre revolucionario.
Dicen que era de carácter quizá demasiado arriesgado.
Era muy audaz. A veces prefería una tropa cargada de minas y otros medios de guerra. Camilo, por el contrario, prefería una tropa más ligera. El Che tenía tendencia a sobrecargarse. Y él, a veces, podía eludir algún combate, y no lo eludía. Esa era otra diferencia con Camilo. El Che era intrépido, pero también asumía demasiados riesgos; por eso a veces yo le decía: "Tú tienes la responsabilidad de esas tropas que van contigo".
¿Era demasiado temerario por momentos?
El Che no habría salido vivo en esa guerra si no se ejerce ese control sobre su audacia y su disposición temeraria. Fíjese que cuando viene la ofensiva final del enemigo, ni Camilo, ni el Che y ninguno de esos jefes están en primera línea. Envío al Che para la escuela de reclutas, donde había casi mil de ellos. Quedaban Ramiro Valdés y Guillermo García en el punto donde combatía su columna, cuando se produce la última ofensiva de Batista. Después los trajimos también para reforzar la Columna 1; pero el Che fue asignado a la escuela y además se le responsabiliza con la defensa del sector más occidental del Primer Frente, para enfrentar la ofensiva enemiga.
¿Usted lo hace para que no corran demasiado riesgo?
Sí, porque eran jefes. Para usarlos ulteriormente en operaciones estratégicas. Algo estratégico fue la columna de Raúl en el Segundo Frente, la de Almeida en el Frente de Santiago, la del Che en Las Villas, la de Camilo, que inicialmente iba para Pinar del Río.
Perdimos en la lucha contra la ofensiva valiosos y combativos jefes que se habían destacado muchísimo. Yo me quedé casi sin jefes en el frente de la Columna 1. Pero los compañeros mencionados eran hombres muy seguros, y todos llevaban la misma escuela adonde quiera que llegaban, la misma política con la población, con el enemigo, y conocían todas las experiencias adquiridas en los meses difíciles y críticos de nuestra guerra, a la que cada uno de ellos constantemente añadía nuevos aportes.
Después de la última ofensiva de Batista, al Che lo enviamos como jefe de una columna hacia Las Villas con 140 hombres y las mejores armas. Llevaba una de las bazucas ocupadas, buen armamento, buenos combatientes. Y Camilo igual. Así que escogimos dos excelentes jefes; aunque Camilo llevaba menos peso. El Che llevaba más, quería añadir un número de minas antitanques. Pensaba usar vehículos en algún punto y podía usarlos, a él se le podía autorizar; pero cuando están partiendo la zona es abatida por un ciclón tropical, lluvias abundantes inundan el terreno y hacen crecer los ríos. Ambas columnas, además, tienen que marchar por los llanos de Camagüey, donde el Movimiento 26 de Julio era débil, y atravesar más de 400 kilómetros en los que el ejército de Batista contaba con la aviación. Soportaron hambre y escaseces terribles, como consta por escrito en documentos históricos de Camilo y el Che.
Constituye una proeza extraordinaria que aquellos hombres, en la época de la infantería motorizada y la aviación, pudieran ser capaces de atravesar a pie aquellos llanos y fanguizales. En esas condiciones tan adversas libraron con éxito varios combates. La hazaña quedó escrita. Camilo elaboró un minucioso e impactante informe, y el Che lo hizo constar en su diario de campaña, a partir del cual escribió después un libro que tituló Pasajes de la guerra revolucionaria, porque tenía el hábito de consignar lo que ocurría, y una excelente capacidad de narración, muy breve, muy sintética. El diario que posteriormente escribió en Bolivia es una maravilla de síntesis y brevedad.
Actualizado 5:30 P.M. (hora local) La Habana, lunes 1 de octubre de 2007. Año 11 / Número 271
(Tomado del Capítulo 7 del libro Cien horas con Fidel)
MÉXICO - EL ENCUENTRO CON EL CHE - COMPLICIDAD INTELECTUAL - PERSONALIDAD y VOLUNTAD - PREPARANDO LA GUERRILLA - ENTRENAMIENTOS - EL GRANMA
Después de pasar dos años en la cárcel, en la Isla de Pinos, usted se marcha al exilio a México, y cuando llega allí se encuentra por primera vez con Ernesto Che Guevara. Me gustaría que me dijese en qué circunstancias lo conoció.
A mí me place hablar del Che, realmente. Es conocido el recorrido del Che cuando estaba en Argentina estudiando; sus viajes en motocicleta por el interior de su país, luego por varios países latinoamericanos, Chile, Perú, Bolivia y otros lugares. No olvidar que, en Bolivia, se produjo en el año 1952, después del golpe de Estado militar de 1951, un fuerte movimiento de obreros y campesinos, que dieron allí la batalla y tuvo mucha influencia.
Es conocido el recorrido del Che a punto de graduarse como médico, con su amigo Alberto Granado, durante el que visitaron distintos hospitales y terminaron en un leprosorio allá por el Amazonas trabajando como médicos. Él visitó muchos lugares de América Latina; estuvo en las minas de cobre de Chuquicamata, en Chile, donde el trabajo es muy duro; atravesó el desierto de Atacama; visitó las ruinas de Machu Picchu en Perú; navegó por el lago Titicaca, siempre conociendo e interesándose mucho por los indígenas. Estuvo también en Colombia, en Venezuela. Tenía mucho interés por todos aquellos temas. Desde su época de estudiante se había interesado por el marxismo y el leninismo. De ahí, es sabido que él se traslada a Guatemala, cuando lo de Árbenz.
El presidente Jacobo Árbenz estaba haciendo, en ese momento, reformas muy progresistas en Guatemala.
Sí. Allí tenía lugar un proceso importante de reforma agraria, en que resultaron distribuidas entre los campesinos grandes plantaciones de plátano explotadas por una importante transnacional norteamericana. Dan un golpe los militares con el apoyo de Estados Unidos, y aquella reforma agraria fue frustrada de inmediato. En aquella época hablar de reforma agraria era cosa de comunistas, era ser identificado, de manera automática, como un comunista.
En Guatemala habían hecho una y, como en todas partes, los poderosos comenzaron enseguida a oponerse. También los vecinos del Norte y sus instituciones especializadas organizaron de inmediato acciones contrarrevolucionarias para derrocar al presidente electo, Jacobo Árbenz, con una expedición desde la frontera y la complicidad de jefes militares del viejo ejército.
Cuando nuestro movimiento ataca el cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, un número de compañeros consigue escapar del país. Antonio "Ñico" López y otros van a Guatemala. Che ya estaba allí, y sufre la amarga experiencia del derrocamiento de Jacobo Árbenz, conoce a nuestros compañeros y con ellos se va para México.
¿Su hermano Raúl lo conoció antes que usted?
Sí, porque Raúl es uno de los primeros que sale de Cuba hacia México. Estaban ya acusándolo hasta de poner bombas, y yo mismo le indico: "Tienes que salir". La idea de organizar en México el regreso armado la habíamos concebido en la prisión. Era una tradición en Cuba. Raúl va para México y allí conoce al Che por intermedio de nuestros compañeros que ya estaban allí. Bueno, aún no era el Che, era Ernesto Guevara, pero como los argentinos les dicen a los demás "iChe!", los cubanos comenzaron a llamarlo "Che", y así se le fue conociendo.
Yo pude retardarme un poco en salir porque no estaba en inminente peligro; pero no podía seguir agitando en Cuba y llegó el momento en que también tuve que partir para México. Entre otras cosas, había que preparar rápidamente el regreso. En las semanas posteriores a nuestra salida de prisión, habíamos desarrollado una intensa campaña de divulgación de ideas y formación de conciencia, habíamos estructurado nuestra propia organización revolucionaria —el Movimiento 26 de Julio— y habíamos demostrado la imposibilidad de proseguir la lucha por vías pacíficas y legales.
¿El Che simpatizaba ya con las ideas de ustedes?
El Che (primer plano en el suelo) en México, junto a un grupo de expedicionarios del Granma.
Él era ya marxista. Aunque no militaba en ningún partido, era en esa época un marxista de convicción. Allí, en México, estaba en contacto con Ñico López, uno de los dirigentes del Movimiento, buen compañero, modesto, del Partido Ortodoxo, muy radical y valiente, a quien yo le había hablado mucho de marxismo, era ya un convencido. Participó en el ataque al cuartel de Bayamo. La coincidencia de ideas fue uno de los factores que más ayudó a mi afinidad con el Che.
¿Usted se da cuenta, cuando lo encuentra por primera vez, que el Che es diferente?
Él cuenta con la simpatía de la gente. Era de esas personas a quien todos le toman afecto inmediatamente, por su naturalidad, su sencillez, su compañerismo y sus virtudes. Era médico, estaba trabajando en un centro del Instituto del Seguro Social haciendo unas investigaciones, no sé si sobre cosas cardíacas, o sobre alergia, porque él era alérgico.
Padecía asma.
Al grupito nuestro que estaba en México le caía bien. Ya Raúl había trabado amistad con él. Lo conozco cuando llego a México. Él tenía 27 años.
Él mismo cuenta que nuestro encuentro tuvo lugar una noche, en julio de 1955, en la calle Emparan de la capital de México, en la casa de una cubana, María Antonia González. Nada tiene de extraño su simpatía, si él ha viajado por América del Sur, ha visto lo de Guatemala, ha sido testigo de la intervención norteamericana, sabe de nuestra lucha en Cuba, sabe cómo pensamos. Llegamos, conversé con él, y allí mismo se unió a nosotros.
Él sabía que en nuestro movimiento también había pequeña burguesía; que íbamos a una revolución de liberación nacional, una revolución antimperialista, no se vislumbraba todavía una revolución socialista; pero esto no fue obstáculo, se suma rápido, se enrola de inmediato.
Él se alista en la aventura.
Una sola cosa me dice: "Yo lo único que quiero es que cuando triunfe la Revolución en Cuba, por razones de Estado ustedes no me prohíban ir a la Argentina para luchar por la revolución".
¿En su país?
Sí, en su país. Es lo que me dice. Ya nosotros practicábamos una incipiente pero fuerte política internacionalista. ¿Qué era nuestra conducta en Bogotá, la lucha contra Trujillo, la defensa de la independencia de Puerto Rico, la devolución del Canal a Panamá, los derechos de Argentina sobre las Malvinas y la independencia de las colonias europeas en el Caribe? No éramos unos simples aprendices. El Che confió plenamente en nosotros. Le respondí: "De acuerdo", y no hizo falta hablar más de eso.
¿Él empezó a entrenarse militarmente con ustedes?
Asistía a un curso de táctica que nos daba un general español, Alberto Bayo, nacido en Camagüey, Cuba, en el año 1892, antes de la independencia. En los años 20 había luchado en Marruecos en el Ejército del Aire y después, como oficial republicano, combatió en la Guerra Civil española y se exilió en México. Che asistía a todas aquellas clases tácticas. Bayo decía que era su "mejor alumno". Los dos eran ajedrecistas, y allí en el campamento donde estaban antes del arresto, jugaban ajedrez todas las noches.
Bayo no rebasaba las enseñanzas de cómo debe actuar una guerrilla para romper un cerco, a partir de la experiencia de las veces que los guerrilleros marroquíes de Abdelkrim, en la guerra del Rif, rompieron los cercos españoles. Ahora, no elaboraba una estrategia, no le pasaba por la mente la idea de que una guerrilla se convirtiera en ejército, y que ese ejército pudiera derrotar al otro, que era nuestra idea esencial.
¿Eso era lo que ustedes querían hacer?
Cuando hablo de ejército, hablo de desarrollar una fuerza que derrotara a otro ejército. Era nuestra idea esencial cuando partimos hacia México. Las proezas de nuestra pequeña fuerza en los meses iniciales de la lucha en la Sierra Maestra fortalecieron esa idea.
¿Su idea era transformar una guerrilla en ejército y hacer una forma de guerra de nuevo tipo?
Hay dos tipos de guerra: una guerra irregular y una guerra regular convencional. Nosotros elaboramos una fórmula para enfrentarnos al ejército de Batista, que poseía aviones, tanques, cañones, comunicaciones. Nosotros no teníamos ni dinero ni armas. Tuvimos que buscar y encontrar la forma de derrocar la tiranía y hacer la Revolución en Cuba. El éxito coronó nuestra idea. No voy a decir que todo fueron méritos; el azar desempeñó importantes papeles. Uno puede cometer errores o puede hacer las cosas lo más perfectamente posible y siempre hay cosas que no pueden preverse; perecer o sobrevivir por una simple cuestión de detalles, por recibir o no una información oportuna. Recuerde el dolor con que hablé de factores casuales que determinaron la frustración de nuestros planes de tomar el cuartel Moncada después de tanto esfuerzo organizativo. Ya hablaremos también de la sorpresa tonta de que fuimos víctimas después del desembarco del "Granma". ¿Cuántas vidas valiosas no habrían podido preservarse en uno u otro caso?
En México, con Bayo se entrenaron numerosos compañeros. Yo tenía que atender las tareas de organización y adquisición de armas, y entrenaba el personal en los campos de tiro. Tenía que moverme mucho. Era muy difícil para mí participar en los cursos de Bayo.
¿El Che seguía los cursos asiduamente?
Sí, los cursos teóricos, también las prácticas de tiro y era muy buen tirador. Allí, en México, nosotros practicábamos tiro en un campo próximo a la ciudad de México. Era propiedad de un antiguo compañero de Pancho Villa, y se lo habíamos alquilado. Disponíamos al desembarcar de 55 fusiles con mirilla telescópica. Practicábamos con esos fusiles el tiro a pulso sobre ovejos en movimiento que soltaban de un punto a otro a 200 metros del tirador. Podíamos romper un plato a 600 metros. Nuestra gente tiraba muy bien. Poníamos a un hombre a 200 metros, y a su lado una botella; apuntábamos con la mira telescópica; la mirilla te proporciona una gran precisión. Hacíamos cientos de disparos. Uno de los voluntarios era El Coreano. Poníamos la botella a un pie de distancia; tuve que hacer ese disparo muchas veces, y nunca un disparo cayó entre la botella y la persona, el fusil bien apoyado, desde luego; no se puede hacer eso a pulso, porque con la más leve variación hieres al compañero. Tales prácticas proporcionaban una confianza total en lo que puede hacerse con una de esas armas.
¿El Che no tenía ninguna experiencia militar cuando llega allí?
No, ninguna. No tenía.
¿Allí aprende?
Estudia y practica, pero él está con nosotros como médico de la tropa, y resultó ser un médico destacado, atendía a los compañeros. Puedo referirme a una cualidad que lo retrata, una de las que yo más apreciaba, entre las muchas que observé en él. El Che padecía de asma. En las inmediaciones de la capital mexicana se yergue un volcán, el Popocatépetl, y él todos los fines de semana trataba de subir el Popocatépetl. Preparaba su equipo —es alta la montaña, más de 5 mil metros, con nieves perpetuas—, iniciaba el ascenso, hacía un enorme esfuerzo y no llegaba a la cima. El asma obstaculizaba sus intentos. A la semana siguiente intentaba de nuevo alcanzar la cumbre del "Popo" —como él le llamaba— y no llegaba. Nunca alcanzó la cima del Popocatépetl. Pero volvía a subir, para intentarlo de nuevo, y se habría pasado toda la vida en el afán de escalar el Popocatépetl. Realizaba un esfuerzo heroico, aunque nunca alcanzara aquella cumbre. Usted aprecia ahí el carácter. Aporta una idea de su fortaleza espiritual y su constancia.
Una voluntad...
Cuando éramos todavía un grupo muy reducido, cada vez que se necesitaba un voluntario para una tarea determinada, el primero que siempre se ofrecía era el Che.
Otra característica de él, sin duda, era esa previsión profética que demuestra cuando me pide que por razones de Estado no se le prohíba marchar después a su tierra natal para luchar por la revolución.
¿De que quería ir a Argentina?
Sí. Y después, en nuestra guerra, yo tuve que hacer un esfuerzo para preservarlo, porque si le hubiese dejado hacer todo lo que quería hacer, no habría sobrevivido. Desde los primeros momentos se fue destacando. Cada vez que hacía falta un voluntario para una misión difícil, lograr una sorpresa, recuperar unas armas que debían rescatarse a fin de que no las ocupara el enemigo, el primer voluntario era el Che.
¿Era voluntario para ir a las misiones más peligrosas?
Era el primer voluntario para cualquier misión difícil; se caracterizaba por un extraordinario arrojo, un absoluto desprecio del peligro, pero, además, a veces proponía hacer cosas muy difíciles y riesgosas. Yo le decía: "No".
¿Porque corría demasiados riesgos?
Mire, usted manda a un hombre a una primera emboscada, a una segunda, a una tercera, y a la cuarta, a la quinta o a la sexta, seguro, es como cara o cruz: en un combate muy de cerca, a nivel de escuadra o pelotón, muere como mueren los que practican la aventura de la ruleta rusa.
¿No había problema de que él no fuese cubano?
Sí, en México lo habíamos puesto al frente de un campamento y hubo algunos que empezaron a quejarse de que era argentino, y se buscaron la gran bronca conmigo. No voy a mencionar nombres ahora, porque después cumplieron. Sí, allá en un campamento de México. Aquí en la guerra era el médico, pero por su valentía, sus condiciones, lo hicimos jefe de una columna en la que se destacó por sus muchas cualidades. Nadie lo cuestionó.
¿Humanas, políticas, militares?
Humanas y políticas. Como hombre, como ser humano extraordinario. Era, además, una persona de elevada cultura y de gran inteligencia. Y también con cualidades militares. El Che fue un médico que se convirtió en soldado sin dejar de ser médico un solo minuto. Hubo muchos combates en los que estuvimos juntos. En ocasiones yo reunía las tropas de las dos columnas y hacíamos una operación de mayor o menor complejidad, con emboscadas y previsibles movimientos de fuerzas enemigas.
Los revolucionarios aprendimos luchando el arte de la guerra, descubrimos que el enemigo era fuerte en sus posiciones y débil en sus movimientos. Una columna de 300 hombres tiene la fuerza de una o dos escuadras que van delante; los demás no disparan en los combates, o realizan solo disparos al aire para hacer ruido, no ven ni pueden ver a los que están disparando contra su vanguardia. Fue un principio elemental que usamos: atacar al enemigo cuando era más débil y vulnerable. Si atacábamos sus posiciones, teníamos siempre bajas, gastábamos balas, y no siempre tomábamos el objetivo; el enemigo, en cambio, estaba atrincherado, combatía con más información y seguridad. Fuimos desarrollando las tácticas. No le voy a hablar de eso, pero fuimos aprendiendo a combatir contra un adversario fuerte, y la Columna 1 fue escuela básica.
Ustedes en un momento en México, cuando están entrenándose, caen presos. ¿Recuerda usted aquello?
Sí. Eso tiene su historia. Caímos presos. Yo soy arrestado casi por casualidad. Un papelito por aquí u otro por allá que la policía mexicana fue descubriendo hasta en los bolsillos de los arrestados, con alguna dirección o algún teléfono. Ninguno dio ni la más mínima información.
Tuvimos suerte: habíamos tropezado con la Federal de Seguridad y no con la Policía Secreta. La dirigía un oficial del ejército. Ellos creían inicialmente que éramos contrabandistas o algo así, porque nos hicimos sospechosos por determinadas medidas de protección contra planes de secuestro por parte de agentes batistianos. Les parecieron extraños nuestros movimientos. De milagro no nos matan en el incidente posterior que se produjo.
Batista tenía influencia y el apoyo por soborno de la Policía Secreta, y también planes de secuestrarnos en México. Nosotros estábamos obligados a tomar medidas, y un día, ya casi de noche, cuando nos trasladábamos de una casa para otra, en situación de riesgo, varios agentes de la Federal, que estaban en otra cosa, viendo nuestro movimiento, decidieron arrestarnos. Actuaron con bastante habilidad. Yo me estaba desplazando a pie —porque también observamos movimientos extraños de carros—, y ubico a Ramirito a 30 ó 40 metros detrás de mí, caminando por la acera izquierda. Avanzo por esa misma acera hacia una esquina próxima. Era un área de pocas viviendas. En esa esquina había una casa en construcción. De pronto, viniendo desde atrás por la misma calle, un carro frena ruidosamente muy próximo a la esquina, y de él se baja un grupo de hombres. Me parapeto en una columna de la construcción e intento sacar una pistola automática española con peine de 25 balas. En ese instante exacto, alguien me coloca con fuerza el cañón de una pistola en la nuca. Era un hombre de la Federal. Habían capturado a Ramiro. Para nosotros comenzaba una larga odisea en México.
¿Qué había ocurrido? Cuando creo que tengo a Ramirito y a Universo [Sánchez] a mi retaguardia, los han capturado, y en el instante en que voy a defenderme de los que bajan del auto, me inmovilizan por detrás; si llego a disparar, podrá imaginarse cuántos segundos duro. En ese mismo momento en que estoy sacando el arma me arrestan. Creen que han arrestado a contrabandistas o algo parecido. Casi no existía en esa época el problema de las drogas, la atención de las autoridades se centraba más bien en el contrabando. Nos llevan para la oficina central.
A nosotros lo que nos alivia en lo inmediato es que comienzan a conversar con nosotros. Era gente dura y con una actitud bastante enérgica. Fueron realmente capaces en la acción de captura y en la investigación, porque ocupaban un papelito cualquiera y seguían el hilo minuciosamente. ¡Cuánto sufrí yo allí arrestado, al recordar que Cándido González —uno de los compañeros que siempre me acompañaba— había puesto en mi bolsillo el número de teléfono de la casa en que teníamos un importante lote de las mejores armas, que solo el otro compañero y yo conocíamos! Ni siquiera me acordaba de aquel papelito. Y menos mal que a los agentes, que siguieron todas las pistas, no se les ocurrió investigar aquel teléfono más minuciosamente todavía. Hubiera sido el golpe más fuerte. Pero nos ocuparon de todas maneras una cantidad de armas siguiendo otras pistas. Uno podía apreciar, sin embargo, que a medida que nos conocían nos respetaban más.
¿El Che no está con usted en ese momento, cuando le arrestan?
Durante los días de la prisión en México, junio-julio de 1956.
No. Al Che lo arrestan cuando está en aquel campamento donde eran entrenados, el rancho Santa Rosa, en Chalco, situado en los límites de la ciudad. Ellos estaban buscando el lugar, tenían indicios y se empeñaron en dar con él. Un día me dice el jefe: "Ya sabemos dónde está el lugar de entrenamiento". Era como un juego o un desafío. Estuvieron bastante tiempo buscando y no sé cómo agarraron alguna pista real, la empataron con la versión de alguien que por Chalco había hablado de movimientos extraños de cubanos y me dicen el lugar exacto donde estaba el rancho. Yo sabía que allí había alrededor de 20 compañeros, y que tenían armas. Ante el carácter preciso de aquella información, le digo al jefe de la Federal: "Quiero pedirle una cosa: permítame ir con ustedes adonde están ellos, para evitar allí un enfrentamiento". Estuvo de acuerdo. Fui, llegué, les pedí a los de la Federal que me dejaran solo; escalé un portón y me asomé. Los compañeros, al verme, manifestaron enorme alegría, creían que yo había sido puesto en libertad. Les digo: "No, no, ¡quietos, no se muevan!" Y expliqué lo que ocurría.
Allí es donde arrestan al Che. Hay algunos que estaban por el campo fuera de la casa o en otras tareas, y se salvan del arresto. Bayo era uno de ellos. No cae preso, no estaba allí. Como dato curioso le cuento que semanas antes había hecho un ayuno de 20 días, solo para probar el ejercicio de la voluntad. Era espartano. Había encabezado durante la Guerra Civil española una expedición a las Baleares. No pudo liberarlas de los franquistas.
Él siempre, después de cada aventura bélica y su imparable fracaso, escribía un libro, y ya estaba elaborando uno mientras estábamos presos: Mi frustrada expedición a Cuba. Era genio y figura hasta la sepultura aquel español que había nacido en Cuba y se había criado en las Canarias.
¿A él no lo detienen?
No. Bayo no cae preso, no está ahí en ese momento; pero sí ocupan varias decenas de armas, que eran las que teníamos en ese lugar, con las que los compañeros hacían allí entrenamiento, y no eran por cierto las más sofisticadas y precisas. Aquellos fusiles no tenían mirillas telescópicas. En el rancho había una producción de leche y queso de chiva, administrada por unos vecinos amistosos; era lo que camuflaba el centro de entrenamiento.
Pero la policía, investigando arduamente, como expliqué, había encontrado algunos indicios, y finalmente el lugar. Ahí es donde el Che cae preso.
¿Ustedes están en la cárcel juntos?
Sí, estamos juntos casi dos meses en prisión. ¿Cuándo él nos crea un problema? Cuando al Che lo van a interrogar, y le preguntan: "¿Usted es comunista?" "Sí, soy comunista", contesta y los periódicos, allá en México, hablando de que se trataba de comunistas que estaban conspirando para "liquidar la democracia" en el continente, y no se sabe cuántas cosas más. Al Che lo llevan ante un fiscal, lo están interrogando, y él hasta se puso a discutir sobre el culto a la personalidad y la crítica a Stalin. Imagínese al Che enfrascado en una discusión conceptual con la Policía, el Fiscal y las autoridades migratorias sobre los errores de Stalin. Esto ocurría en julio de 1956, y en febrero de ese mismo año se había producido la crítica de Jruschov a Stalin. Se acogía, desde luego, a las versiones oficiales del Congreso del Partido soviético. Che les dice: "Sí, cometieron errores en esto y lo otro", defendiendo su teoría y sus ideas comunistas. ¡Figúrese!, él, que era argentino, en ese momento tenía más riesgos. Creo sinceramente que en situaciones como aquella en que todo el proyecto podía peligrar, lo más conveniente era desinformar al enemigo. Pero al Che, fuertemente influido por la épica de la literatura comunista, no se le podía reprochar por aquel enredo táctico, que no impidió su viaje con nosotros a Cuba.
Prácticamente los últimos dos que salimos fuimos él y yo. Incluso, creo que a mí me sacan unos días antes que a él. En el asunto de los cubanos presos intervino Lázaro Cárdenas, y la preocupación que mostró contribuyó mucho a nuestra liberación. Su nombre era venerado por el pueblo, y su autoridad moral era capaz de abrir las puertas de aquella prisión.
Se dice que el Che tenía más bien simpatías trotskistas. ¿Usted lo percibió en aquel momento?
No, no. Déjeme decirle, realmente, cómo era el Che. El Che ya tenía, como le digo, una cultura política. Había leído naturalmente un número de libros sobre las teorías de Marx, de Engels y de Lenin. Él era marxista. Nunca lo oí hablar de Trotski. Él defendía a Marx, defendía a Lenin, y criticaba a Stalin. Bueno, criticaba en aquel entonces el culto a la personalidad, los errores de Stalin; pero nunca le oí hablar realmente de Trotski. Él era leninista, y, en cierta forma hasta reconocía algunos méritos de Stalin. Es decir, la industrialización y algunas otras cosas.
En mi fuero interno, yo era más crítico de Stalin por algunos de sus errores. Sobre él cae la responsabilidad, a mi juicio, de que ese país hubiese sido invadido en 1941 por la poderosa maquinaria bélica de Hitler, sin que las fuerzas soviéticas hayan recibido la orden de alarma de combate. Stalin cometió, además, graves errores. Es conocido su abuso del poder y otras arbitrariedades. Pero también tuvo méritos. La industrialización de la URSS y el traslado y desarrollo de la industria militar en Siberia fueron factores decisivos en aquella lucha del mundo contra el nazismo.
Yo, cuando lo analizo, valoro sus méritos y también sus grandes errores, y uno de ellos cuando purgó al Ejército Rojo en virtud de una intriga de los nazis, con lo que debilitó militarmente a la URSS, en vísperas del zarpazo fascista.
Él mismo se desarmó.
Se desarmó, se debilitó, y firmó aquel nefasto pacto germano-soviético Ribbentrop-Molotov y las demás cosas. Ya le he hablado de eso, no voy a añadir más.
Actualizado 2:30 A.M. (hora local) La Habana, lunes 9 de julio de 2007. Año 11 / Número 190
Frei Betto
Querido Che:
Ya han pasado cuarenta años desde que la CIA te asesinó en la selva de Bolivia, el 8 de octubre de 1967. Tenías entonces 39 años. Pensaban tus verdugos que, al meterte balas en tu cuerpo, después de haberte capturado vivo, condenarían al olvido tu memoria. Ignoraban que, al contrario de los egoístas, los altruistas nunca mueren. Los sueños libertarios no quedan confinados en jaulas cual pájaros domesticados. La estrella de tu boina brilla más fuerte, la fuerza de tus ojos guía a generaciones por las rutas de la justicia, tu semblante sereno y firme inspira confianza a quienes combaten por la libertad. Tu espíritu trasciende las fronteras de Argentina, de Cuba y de Bolivia y, cual llama ardiente, inflama aún hoy el corazón de muchos revolucionarios.
En estos cuarenta años ha habido cambios radicales. Cayó el muro de Berlín y sepultó al socialismo europeo. Muchos de nosotros solo ahora comprenden tu osadía al señalar, en Argel en 1962, las grietas en las murallas del Kremlin, que nos parecían tan sólidas. La historia es un río veloz que no ahorra obstáculos. El socialismo europeo trató de detener las aguas del río con el burocratismo, el autoritarismo, la incapacidad para llevar a la vida cotidiana el avance tecnológico derivado de la carrera espacial y, sobre todo, se revistió de una racionalidad economicista que no hincaba sus raíces en la educación subjetiva de los sujetos históricos: los trabajadores.
Quién sabe si la historia del socialismo no sería distinta hoy si hubieran prestado oído a tus palabras: "El Estado se equivoca a veces. Cuando sucede una de esas equivocaciones se percibe una disminución del entusiasmo colectivo debido a una reducción cuantitativa de cada uno de los elementos que lo forman, y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes insignificantes: es el momento de rectificar".
Che, muchos de tus recelos se han confirmado a lo largo de estos años y han contribuido al fracaso de nuestros movimientos de liberación. No te escuchamos lo suficiente. Desde África, en 1965, le escribiste a Carlos Quijano, del periódico Marcha de Montevideo: "Déjeme decirle, aún a costa de parecer ridículo, que el verdadero revolucionario está guiado por sentimientos de amor. Es imposible pensar en un auténtico revolucionario sin esta cualidad".
Esta advertencia coincide con lo que el apóstol Juan, exiliado en la isla de Patmos, escribió en el Apocalipsis hace dos mil años, en nombre del Señor, a la Iglesia de Éfeso: "Conozco tu conducta, el esfuerzo y la perseverancia. Sé que no soportas a los malos. Aparecieron algunos diciendo que eran apóstoles. Tú los probaste y descubriste que no lo eran. Eran mentirosos. Ustedes han sido perseverantes. Sufrieron por causa de mi nombre y no se desanimaron. Pero hay una cosa que repruebo en ti: abandonaste el primer amor" (2, 2-4).
Algunos de nosotros, Che, abandonaron el amor a los pobres, que hoy se multiplican en la Patria Grande latinoamericana y en el mundo. Dejaron de guiarse por grandes sentimientos de amor para ser absorbidos por estériles disputas partidarias y, a veces, hacen de los amigos, enemigos, y de los verdaderos enemigos, aliados. Corroídos por la vanidad y por la disputa de espacios políticos, ya no tienen el corazón encendido por ideas de justicia. Permanecieron sordos a los clamores del pueblo, perdieron la humildad del trabajo de base y ahora cambian utopías por votos.
Cuando el amor se enfría, el entusiasmo se apaga y la dedicación se retrae. La causa como pasión desaparece, como el romance entre una pareja que ya no se ama. Lo que era 'nuestro' resuena como 'mío' y las seducciones del capitalismo reblandecen los principios, cambian los valores y si todavía proseguimos en la lucha es porque la estética del poder ejerce mayor fascinación que la ética del servicio.
Tu corazón, Che, latía al ritmo de todos los pueblos oprimidos y expoliados. Peregrinaste desde Argentina a Guatemala, de Guatemala a México, de México a Cuba, de Cuba al Congo, del Congo a Bolivia. Todo el tiempo saliste de ti mismo, encendido de amor, que en tu vida se traducía en liberación. Por eso podías afirmar con autoridad que "es preciso tener una gran dosis de humanidad, de sentido de justicia y de verdad, para no caer en extremos dogmáticos, en escolasticismos fríos, en aislamiento de las masas. Es necesario luchar todos los días para que ese amor a la humanidad viva se transforme en hechos concretos, en gestos que sirvan de ejemplo, de movilización".
Cuántas veces, Che, nuestra dosis de humanidad se ha resecado, calcinada por dogmatismos que nos hincharon de certezas y nos dejaron vacíos de sensibilidad para con los dramas de los condenados de la Tierra. Cuántas veces nuestro sentido de justicia se perdió en escolasticismos fríos que proferían sentencias implacables y proclamaban juicios infamantes. Cuántas veces nuestro sentido de verdad cristalizó en el ejercicio de autoridad, sin que correspondiésemos a los anhelos de quienes sueñan con un trozo de pan, de tierra y de alegría.
Tú nos enseñaste un día que el ser humano es el "actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad". Y que este no es "un producto acabado. Los defectos del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que emprender un continuo trabajo para erradicarlos". Quizá nos ha faltado destacar con más énfasis los valores morales, las emulaciones subjetivas, los anhelos espirituales. Con tu agudo sentido crítico cuidaste de advertirnos que "el socialismo es joven y tiene errores. Los revolucionarios carecen muchas veces de conocimientos y de la audacia intelectual necesarios para enfrentar la tarea del desarrollo del hombre nuevo por métodos distintos de los convencionales, pues los métodos convencionales sufren la influencia de la sociedad que los creó".
A pesar de tantas derrotas y errores, hemos tenido conquistas importantes a lo largo de estos cuarenta años. Los movimientos populares han irrumpido en todo el Continente. Hoy en muchos países están mejor organizados los campesinos, las mujeres, los obreros, los indios y los negros. Entre los cristianos, una parte significativa ha optado por los pobres y engendró la Teología de la Liberación. Hemos sacado considerables lecciones de las guerrillas urbanas de los años 60; de la breve gestión popular de Salvador Allende; del gobierno democrático de Maurice Bishop, en Granada, masacrado por las tropas de los Estados Unidos; de la ascensión y la caída de la Revolución Sandinista; de la lucha del pueblo de El Salvador. En México los zapatistas de Chiapas ponen al desnudo la política neoliberal y se propaga por América Latina la primavera democrática, con los electores repudiando a las viejas oligarquías y eligiendo a aquellos que son a su imagen y semejanza: Lula, Chávez, Morales, Correa, Ortega, etc.
Falta mucho por hacer, querido Che. Pero conservamos con cariño tus herencias mayores: el espíritu internacionalista y la revolución cubana. Una y otra cosa se presentan hoy como un solo símbolo. Comandada por Fidel, la Revolución cubana resiste al bloqueo imperialista, la caída de la Unión Soviética, la carencia de petróleo, los medios de comunicación que pretenden satanizarla. Resiste con toda su riqueza de amor y de humor, salsa y merengue, defensa de la patria y valoración de la vida. Atenta a tu voz, ella desencadena un proceso de rectificación, consciente de los errores cometidos y empeñada, a pesar de las dificultades actuales, en hacer realidad el sueño de una sociedad donde la libertad de uno sea la condición de justicia del otro.
Desde donde estás, Che, bendícenos a todos nosotros los que comulgamos en tus ideales y tus esperanzas. Bendice también a los que se cansaron, se aburguesaron o hicieron de la lucha una profesión en su propio beneficio. Bendice a los que tienen vergüenza de confesarse de izquierda y de declararse socialistas. Bendice a los dirigentes políticos que, una vez destituidos de sus cargos, nunca más visitaron una favela ni apoyaron una movilización. Bendice a las mujeres que, en casa, descubrieron que sus compañeros eran lo contrario de lo que ostentaban fuera, y también a los hombres que luchan por vencer el machismo que los domina. Bendícenos a todos nosotros los que, ante tanta miseria que siega vidas humanas, sabemos que no nos queda otra vocación más que la de convertir corazones y mentes, revolucionar sociedades y continentes. Sobre todo bendícenos para que, todos los días, estemos motivados por grandes sentimientos de amor, de modo que podamos recoger el fruto del hombre y la mujer nuevos.
Las citas del Che tienen como fuente el texto El socialismo y el hombre en Cuba, publicado en Ernesto Che Guevara, escritos y discursos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, pp.253-272
| Actualizado 3:30 A.M. (hora local) | La Habana, miércoles 20 de junio de 2007. Año 11 / Número 171 |
Dircurso pronunciado por Asela de los Santos, compañera de lucha y amiga, en la velada solemne en honor a la heroína Vilma Espín Guillois
Querido Raúl;
Queridas Déborah, Mariela, Nilsa y querido Alejandro;
Queridos nietos y familiares;
Compañeros de la clandestinidad y del Ejército Rebelde;
Compañeras de la Federación
Compañeros y compañeras todos:
Estas no son palabras dedicadas a la tristeza, a pesar del dolor que nos embarga a todos. Son palabras dedicadas a la vida, porque Vilma pensó y actuó como la vida misma a la cual se entregó desde su juventud con la confianza en el porvenir de su patria.
Conocí a Vilma cuando éramos muy jóvenes. Yo había ingresado en la Universidad y ella era estudiante de la carrera de Ingeniería Química. En ese momento la Universidad de Oriente aún no se había oficializado y la primera actividad que unió a todos los alumnos de las diferentes carreras fue la lucha por la oficialización de aquel centro docente.
La unidad nos condujo a la victoria y fue, al fin, la segunda Universidad oficial de Cuba. En los inicios había relativamente pocos alumnos, todos nos conocíamos, los había de diferentes procedencias sociales.
Vilma, nacida y criada en el seno de una familia acomodada, sin carencias materiales, nunca le acompañaron ni el lujo, ni las estridencias. Sus padres influyeron mucho en su educación y sus gustos. Fue una familia que cultivó con esmero la formación espiritual y cultural; ella canalizaba sus actividades de joven más hacia los aspectos de la espiritualidad que por las cosas materiales.
Era una alumna brillante que gustaba del deporte, figuraba como capitana del equipo de voleibol, era solista de la coral universitaria ya que tenía una bella voz de soprano; soñaba con bailar ballet, estudiaba en Pro-Arte de Santiago de Cuba y, como auténtica cubana, gustaba de la música tradicional y del carnaval santiaguero.
Desde aquella época, todos los que la conocimos podemos asegurar que en ella sobresalía un sentido muy alto de la justicia, el compromiso con la verdad, su rechazo tajante a la mentira, su alejamiento de lo banal y superficial. Sus amigas y amigos lo eran más por afinidad de valores y no por posición social. Se rodeaba de personas de pensamiento e ideas progresistas. Sus profesores predilectos fueron profesionales brillantes y sobre todo de ideas revolucionarias como Julio López Rendueles, José Luis Gálvez, José Antonio Portuondo, entre otros.
Cuando se produce el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, en todo el país hubo un rechazo total, puesto que a 80 días de unas elecciones que veíamos con la esperanza de que fuera una salida a la crisis nacional, ocurre aquel cuartelazo. Recuerdo el desarrollo de los acontecimientos en la Universidad, la suspensión de actividades, los alumnos reunidos junto al Consejo Universitario y la FEU. Múltiples fueron las actitudes. Si bien la mayoría estaba en contra del golpe de Estado, muchos alumnos, se fueron para sus casas en espera de los acontecimientos. Otro grupo, día a día, íbamos a la Universidad para saber qué podíamos hacer contra el golpe y para actualizarnos acerca de cómo se desarrollaban los acontecimientos.
En ese grupo estaba Vilma y es digno de destacar su reacción ante el golpe militar; cuando lo supo estaba en el aula recibiendo clases, llega la noticia y después del desconcierto inicial, ella secunda una voz que allí se oyó ¡Si esto es así aquí lo que hay que hacer es tomar las armas y alzarse! y ella cuenta que, tal fue su indignación, que ese mismo día tomó la decisión de no aceptar aquella afrenta a la Patria.
Amparados por la autonomía universitaria, se instalaron altoparlantes para pronunciarnos en contra del golpe de Estado. En ese grupo estaba Vilma, que se destacaba como líder y generadora de iniciativas. Así, nos propuso que debíamos emprender acciones concretas. Se le ocurrió utilizar unos versos de Heredia e imprimir volantes para distribuirlos en los barrios alrededor de la Universidad, para que la población leyera el clamor por la libertad desde la belleza de la poesía. Era una estrofa que decía:
Que si un pueblo su dura cadena
No se atreve a romper con sus manos,
Bien le es fácil mudar de tiranos,
Pero nunca ser libre podrá.
Esto nos costó a algunas de nosotras ser arrestadas y amenazadas por Cowley, uno de los peores esbirros. Pero la Universidad se movilizó convocada por la FEU, frente a la brutalidad que usaba el arresto y la amenaza contra la poesía.
Las luchas estudiantiles caracterizaron aquel periodo; se estrechan relaciones entre sus dirigentes, destacándose como líder la figura de Frank. En ese momento él piensa y realiza acciones para enfrentar la tiranía mediante la lucha armada; ideas y estrategias que Vilma conoce y comparte.
Los hechos del ataque al Moncada conmocionaron y sorprendieron a los grupos de jóvenes con ideas revolucionarias. Recuerdo el continuo tiroteo y tableteo de ametralladoras que se oyó por toda la ciudad. Decidí ir a casa de Vilma para saber lo que pasaba y allí me encontré con un grupo numeroso de compañeros. A media mañana conocimos que se trataba de jóvenes revolucionarios procedentes de La Habana; después supimos de los horrendos crímenes que se cometían por esbirros de la tiranía contra aquellos jóvenes. Todos nosotros sentíamos una gran angustia al no saber qué hacer y cómo ayudar. Fuimos al velorio de Renato Guitart, uno de los santiagueros participantes del asalto.
El día 27 tuvimos más noticias, entre ellas que los cadáveres estaban tirados en el césped junto a los muros del Moncada. Vilma me dijo que debíamos ir hasta ese lugar. Así lo hicimos, llegamos hasta donde estaban las postas, ellos creyeron que éramos familiares de militares y nos dejaron pasar. No vimos los cadáveres, la posta acabó por preguntar qué buscábamos. Vilma le respondió que estábamos allí para saber la verdad: que queríamos saber qué cara tenían los jóvenes valientes y de allí pudimos salir no sé ni cómo.
Los meses sucesivos fueron de maduración y organización del Movimiento 26 de Julio, que tuvo en Frank País al Jefe de acción de excepcionales condiciones.
Él ejerció un esencial magisterio en todos nosotros, confiaba mucho en Vilma porque había podido aquilatar en ella su patriotismo y su disposición de entregar todo por sus ideas revolucionarias, incluso entregar la vida.
Frank fue delegando en ella más y más responsabilidades por su accionar revolucionario, por su inteligencia, valentía, osadía y su capacidad para dirigir y cumplir lo que en cada momento se le encomendaba.
Cuando el alzamiento de Santiago de Cuba el 30 de noviembre de 1956 como apoyo al desembarco del Granma, Vilma estaba en el cuartel general junto a Frank, Haydée, Armando y a otros compañeros que nos encontrábamos allí. Ese día, la muerte de Pepito, Tony y Otto, fue para todos un duro golpe que reafirmó sin embargo nuestra decisión de continuar la lucha.
Después del 30 de noviembre, la casa de Vilma se convirtió en cuartel general de la clandestinidad.
Ya en ese momento Vilma no descansa ni un minuto, se entrega a la lucha clandestina totalmente. Participa con Frank, Haydée, Armando y un grupo de otros compañeros en la primera reunión de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio con Fidel en la Sierra Maestra en febrero de 1957. De esta reunión surgió un plan para el fortalecimiento de la guerrilla a cumplir por el movimiento clandestino.
Una de las tareas más importantes fue el refuerzo de hombres que Frank debía enviar a la Sierra. Se trataba de llevar hasta Manzanillo a 50 hombres, donde Celia los recibía y los iba llevando al famoso campamento del Marabuzal y, de ahí, hasta la Sierra. Por otro lado se enviaban las correspondientes armas y avituallamientos. El traslado de los hombres, casi en su totalidad, lo realizó Vilma manejando desde Santiago a Manzanillo. Recuerdo que en una ocasión realizamos 3 viajes en un solo día, y uno de los "casquitos" que hacían posta ese día en el punto de control militar de la carretera, al mirar a la serena y elegante mujer que iba al timón del auto, le dijo al otro: "No la registres, déjala pasar, esa es la rubia hija del ganadero".
Una semana antes del asesinato de Frank, este la nombró coordinadora provincial del movimiento en Oriente, responsabilidad que tenía Frank y que delegó en ella por la necesidad de asumir otras tareas de la lucha clandestina.
Vilma se fue convirtiendo en una figura de leyenda a quien todos querían conocer y a quien protegía todo el pueblo santiaguero. Eso salvó muchas veces su vida, porque ella era constantemente perseguida por las fuerzas de la tiranía. En una ocasión la casa donde estaba escondida Vilma fue asaltada y registrada por los esbirros. Solo alcanzaba el tiempo para que saltara al tejado de la casa contigua. El techo era de dos aguas y como su figura iba emergiendo lentamente ante la visión de una señora que estaba en el otro patio, al verla emerger creyó que tenía la visión de una virgen y se arrodilló diciendo ¡milagro! ¡milagro! En medio de esta confusión Vilma escapó.
Ella soñaba con librar el combate en la Sierra, pero comprendió que tenía que quedarse en el llano cumpliendo tareas vitales e imprescindibles para el fortalecimiento y apoyo de la guerrilla en su etapa inicial y en cumplir indicaciones del Comandante Fidel en su estrategia para desarrollar la lucha.
Su sueño de ser combatiente del Ejército Rebelde se pudo materializar cuando solo quedaban algunos meses para el triunfo definitivo de la revolución.
La dirección del Movimiento 26 de Julio tenía la certeza de que si permanecía en Santiago de Cuba sería inevitablemente asesinada; el cerco de los esbirros de la tiranía se cerraba sobre ella. Entonces se decidió que subiera a la Sierra y se incorporara al Segundo Frente Oriental "Frank País" con responsabilidades similares a las que realizaba, misión que sobrepasó con creces al asumir nuevas y complejas tareas durante su permanencia en el Frente y en las zonas liberadas.
La vida en el II Frente era de una constante actividad en todas las esferas: combates, organización permanente de las fuerzas rebeldes, organización de la vida civil, económica y social de los territorios liberados. En ocho meses se realizaron extraordinarias tareas bajo la dirección del Jefe del Frente Comandante Raúl. Allí también surgió el amor tan esperado por ella.
Un día en el Segundo Frente me dice: "Amiga, quiero decirte una cosa" y yo le digo: "Sí, ya sé, que tú y Raúl son novios". Y me responde: ¿cómo lo sabes? Porque todos los compañeros nos hemos dado cuenta de que están enamorados.
Vilma creía en el amor y supo esperar hasta encontrarlo. Allí nació una pareja de dos seres que han crecido juntos construyendo sus vidas, padres de familia, ejemplar en el amor y en la educación de sus hijos y sus nietos.
Su lucha revolucionaria antes de 1959 ya bastaría para hacerla ocupar por derecho propio un lugar en la historia de nuestra patria. Sin embargo, es su contribución a la Revolución cubana a partir de aquel luminoso enero, lo que la convierte en una figura imprescindible de la forja de una sociedad nueva.
Vilma, seguidora de las ideas de Fidel, se convirtió en la indiscutible artífice de esa nueva batalla, de encarar con energía e inteligencia siglos de discriminación de la mujer y luchar con ejemplar convicción para lograr la emancipación e igualdad de estas en la sociedad. Aquella contienda, callada, firme e inclaudicable, fue de más complejidad que la propia guerra. Transformar mentalidades, modificar costumbres, educar, fue una razón de ser de su vida al frente de la Federación de Mujeres Cubanas, de los Círculos Infantiles e Instituto de la Infancia, de la Comisión de Atención y Prevención Social, del Centro Nacional de Educación Sexual y de la Comisión de la Juventud, la Infancia y la Igualdad de la Mujer de la Asamblea Nacional.
Su batalla en contra de la discriminación la llevó a la defensa de los sectores y personas más desfavorecidos en el orden social.
Su cultura y sensibilidad, unidas a su trayectoria de firmeza y vocación de lucha por la justicia le permitieron romper esquemas, falsas tradiciones, interpretaciones conservadoras y actitudes retrógradas. Su estatura moral propició que todas las instituciones del país apoyaran aquella cruzada por el mejoramiento humano que fue su quehacer por la incorporación plena de la mujer a la sociedad.
A Vilma, en sus múltiples quehaceres debemos fundamentos científicos para la educación preescolar. Su fundación y conducción del Instituto de la Infancia trazó pautas para la labor pedagógica en las edades más tempranas.
En las tribunas internacionales enalteció la imagen de la patria con la explicación y defensa de la Revolución, y la demostración de la colosal obra realizada a favor de la mujer, los niños y los jóvenes. Fue Vicepresidenta durante muchos años de la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FEDIM).
Vilma nos deja con sus testimonios y ejemplo de vida, amor, ternura y firmeza, un caudal de sabiduría humana basada en firmes principios revolucionarios. A su obra debemos volver una y otra vez y propiciar que las nuevas generaciones la estudien, porque su lucha y legado está en la esencia de los valores humanos, en sus criterios enriquecedores de la ideología revolucionaria cubana.
Su obra está en su pueblo, en las mujeres que la identifican como su más legítima representante, en sus hijos, sus compañeros.
¡Cuánto te vamos a extrañar, Vilma!
Pero sabemos que continuarás acompañándonos en cada acto y obra de esta tu Revolución que con tu ejemplo enseñaste a querer, a defender, a construir y a enriquecer.
Gracias.