16 junio, 2007

No reniego de nada, ni pretendo blanquearme

Revista Qué Pasa
NEWSLETTER | Edición sábado 16 de junio de 2007

El empresario, ex jefe del GAP y uno de los hombres más cercanos a Fidel Castro, habla del libro de memorias que está a punto de lanzar -titulado Las Armas de Ayer- y comenta varios de los episodios inéditos de su singular biografía.

Por  Cristián Bofill y Claudia Giner

En los últimos dos años, el empresario Max Marambio dedicó gran parte de su tiempo a investigar y escribir sobre una de las etapas más intensas de su agitada vida: los casi 10 meses que pasó refugiado en la embajada de Cuba en Chile, entre septiembre de 1973 y agosto del año siguiente.

Durante ese período, estuvo en dicha legación bajo la protección de la embajada sueca y se las arregló para traspasarle al MIR un arsenal que habían dejado en el sótano de la residencia diplomática los militares y funcionarios cubanos que abandonaron el país al día siguiente del golpe militar.

El resultado está en las más de 200 páginas de Las Armas de Ayer, libro en el cual no sólo hace una narración detallada de esos días, sino también reconstruye una serie de episodios desconocidos protagonizados por personajes como Salvador Allende, Fidel Castro, Miguel Enríquez y Miria Contreras, entre otros.

El texto -que será lanzado en las próximas semanas por el sello editorial La Tercera-Debate constituye una de las narraciones más detalladas y singulares de ese período. La singularidad, en todo caso, es una característica que ha marcado la biografía de Marambio, de 59 años, quien a los 23 fue nombrado jefe del GAP, el grupo encargado de la seguridad de Salvador Allende, y desde los 17 tiene una estrecha relación con Fidel Castro.

Considerado el extranjero más influyente de Cuba -y una de las personas más cercanas a Castro-, Marambio fue teniente coronel de Tropas Especiales, el cuerpo militar de elite de Castro, y recibió una de las condecoraciones más altas de la revolución cubana. Desde hace años, está dedicado al mundo de los negocios y actualmente es un próspero empresario. En la siguiente entrevista, se refiere por primera vez al contenido de sus memorias.

-El eje central del libro es el relato de cómo fue entregando al MIR el armamento que estaba en la embajada de Cuba después del 11 de septiembre del 73. ¿Por qué había armamento en una legación diplomática extranjera?
-Cuando se supo que el golpe era un proceso irreversible y que no había ninguna posibilidad de que fuera resistido, Fidel Castro tuvo la certeza de que la embajada cubana en Santiago sería un objetivo militar. Se tomó la decisión de fortificarla y, además, se ordenó a sus funcionarios quedarse al interior de la sede para evitar convertir a Cuba en chivo expiatorio de la situación. Se mandó un contingente de Tropas Especiales -formado por unos 50 hombres- para la defensa, que se agregaron a los ciento y algo funcionarios diplomáticos, hombres y mujeres, que también habían recibido entrenamiento militar. Para ello disponían de unos 160 fusiles AKM y un número importante de lanza cohetes RPG7. Cuando los militares atacaron la embajada, ocurrieron combates intensos, en los cuales estoy seguro de que hubo bajas por parte del Ejército. Por el lado cubano, hubo dos heridos leves, como está relatado en el libro.

-Cuando finalmente los funcionarios y los soldados cubanos se retiran de Chile, ¿por qué no se llevan ese armamento en vez de dejarlo en el sótano de la embajada?
-No tenían ninguna posibilidad de hacerlo. Se fueron en un avión soviético en el cual apenas cabían. Incluso algunos viajaron de pie. Me pareció en ese momento que era mi obligación evitar que las armas cayeran en manos de los golpistas y entregárselas a la resistencia.

-¿Al reconocer la existencia de las armas, no les está dando la razón a los que sostienen que había un gran contingente de tropas y armas cubanas enviadas para participar en un conflicto interno en Chile?
-No, el libro deja claro que eso de los miles de guerrilleros cubanos en Chile es parte de una leyenda negra, un mito. No hubo una fuerza de combate externa a la embajada. Respecto de lo de las armas que yo relato, lo que se desprenda de eso cada uno lo juzgará: es la verdad histórica. Mi objetivo es dejar establecido cuáles fueron las responsabilidades de cada cual en ese proceso. Este no es un libro para quedar bien con nadie.

Allende y Miguel Enríquez

-Usted fue jefe de la escolta personal de Salvador Allende durante casi dos años. ¿Por qué el día del golpe opta por ir a combatir a la embajada cubana y no a La Moneda?
-En esa época, hacía casi un año que no era parte del GAP ni militante del MIR. La embajada me pareció que era el lugar donde yo tenía que estar. Había recibido entrenamiento militar en Cuba, antes del gobierno de Allende porque quería tener una actividad revolucionaria internacionalista. Quería que me mandaran a luchar con el Che Guevara. Pero el Che muere en 1967 en Bolivia y yo llego a Chile un año después. Para el día del golpe, luchar al lado de los cubanos, con la convicción que no saldríamos de allí, era mi manera de entender el internacionalismo que ellos me enseñaron con su ejemplo.

-¿Qué hizo al llegar a Chile como joven revolucionario?
-Establecí una alianza con la principal facción del MIR, cuyo jefe era Miguel Enríquez. El día de la victoria de Allende, resultado que nos tomó por sorpresa, me nombraron a cargo de su seguridad porque yo era el que tenía formación militar en el grupo. Creo que también influyó que mi padre, Joel Marambio, era diputado socialista y conocía a Allende. Curiosamente en el primer viaje que hice a Cuba iba Allende.

-Usted fue uno de los subversivos indultados por Allende al asumir como presidente.
-Allende indultó a todos los acusados de subversión sin delitos de sangre. Entre ellos a mí y a un grupo del MIR -quienes habíamos participado de asaltos, los cuales para nosotros eran expropiaciones- que fuimos a trabajar con él.

-¿Hoy usted le entregaría la jefatura de seguridad de un presidente a un joven de 23 años?
-Por ningún motivo. Eran otros tiempos.

-Allende no tenía las credenciales políticas para que ustedes lo respetaran. Era más bien burgués, predicaba la vía electoral, que usted consideraba una impostura burguesa. ¿Lo consideraban su líder?
-No, no lo considerábamos nuestro líder ni mucho menos, pero lo respetábamos. Allende tenía una mirada particular frente a la insurgencia, fuera de las fronteras de Chile había sido un ferviente defensor de las formas insurreccionales en otros países sin posibilidades de lucha democrática. Incluso cuando los sobrevivientes de la guerrilla del Che se refugiaron en Chile, él era presidente del Senado y fue a buscarlos y los llevó a Tahití. Con los años, Allende ha crecido en mi memoria y la verdad es que le tengo bastante más aprecio ahora que el que le tenía entonces. Fue siendo acorralado desde dentro y fuera de la coalición y terminó en todo lo que sabemos. Este libro es un testimonio sin ficción sobre lo que me tocó vivir en ese proceso. No reniego de nada, ni pretendo "blanquearme".

-¿Cree que otros protagonistas de la época sí lo han hecho?
-Mucha gente que estuvo en ese mundo calla. Dice "yo no fui" o "no estaba". Y a mí me parece que eso es renunciar a la historia. No tengo ninguna duda de que he cambiado enormemente. Ni mi estilo de vida, ni mi forma de ver la sociedad es la misma que tenía en ese entonces. Pero fui parte de un proceso que puedo defender, justificar o explicar. No creo en renegar lo que hicimos para justificar lo que yo soy ahora. No se puede banalizar el golpe -desde la óptica que sea y yo ciertamente tengo la mía muy clara- como una decisión irracional de un grupo de militares.

-En el libro usted relata en detalle las arriesgadas maniobras para hacerle llegar las armas al MIR, incluyendo un encuentro clandestino con Miguel Enríquez. Algunos creen que la obsesión del MIR por esas armas fue lo que llevó a la muerte a Enríquez. ¿comparte esa tesis?
-Sí. Miguel convirtió la obtención y ocultamiento de esas armas en su tarea primordial. Y fueron cayendo uno a uno. Eso me quedó claro en la reconstrucción histórica que tuve que realizar para escribir este libro.

-Una de las características de Las Armas de Ayer es justamente que está escrito bajo la mirada de esa época. Deja más bien fluir la narración sin grandes rasgos de autocrítica. ¿Por qué se decidió por esa forma?
-Es un libro con la mirada de un joven que termina su análisis en 1974. Todas sus referencias son hasta ese año y he tratado de conservar la mirada que tenía en ese entonces. Primero, porque sería imposible, para mí, hacer un análisis desde ahora que fuera justo. Mis circunstancias actuales son muy distintas: no soy el que fui ayer, pero me siento producto de aquello también. Hoy excluyo la violencia como vía para el avance de la humanidad. En la época que relato tenía absoluta convicción de que la vía para hacer cambios era la insurreccional.

-En el texto, usted relata episodios y hace descripciones analíticas de personajes como Miguel Enríquez y Salvador Allende, entre otros. En cambio a Fidel Castro lo trata con reverencia.
-Esa reverencia es real. Tengo un profundo cariño y respeto por Fidel. El marcó mi vida y en eso no hay equivocación. Si tuviera que escribir hoy sobre él, tendría muchas más cosas buenas que decir, que provocan mi admiración y mi respeto que las que escribí en este libro, donde la mirada es de una época en que era menos amigo.

La Payita

-Otra persona a la cual le da un trato especial es a Miria Contreras, pareja sentimental y secretaria personal de Allende, un personaje que a la izquierda chilena le cuesta abordar.
-En este libro he tomado la decisión de imponerme en todo lo que haga falta. No lo escribí para quedar bien con nadie, sino para contar algunas historias que no han sido relatadas y la Payita es una de esas personas que han sido injustamente relegadas en el protagonismo histórico. Fue una persona muy importante -como cuento en el libro- en la vida y en el gobierno de Allende. El GAP estuvo muy cerca de ella. Ella con su amistad, consejos y solidaridad ayudó a mucha gente en esa época que no tenía referente.

-Usted relata su convivencia con ella en la embajada después del golpe.
- Así es. Y luego, junto a mi familia, tuvimos una relación muy cercana con ella y sus hijos. Toda la vida, hasta el minuto de su muerte. La Paya también era muy cercana a Beatriz "Tati" Allende, la hija mayor del ex presidente. Trabajaron juntas en La Moneda, en la misma oficina, y después del golpe vivían en La Habana a pocas cuadras. Además, después del suicidio de Tati, los hijos de ella se quedaron con Mitzi, una hermana de la Payita.

-¿Entre las personas que leyeron su libro antes de ser publicado está Fidel Castro?
-Le mandé la versión definitiva. Pero no he recibido sus comentarios.

-En el libro no profundiza mucho sobre el rol de Castro en la UP. Varios analistas sostienen la tesis de que su visita de tres semanas a Chile ayudó a desestabilizar a Allende, incluyendo el discurso final en el Estadio Nacional donde puso en duda la viabilidad de la vía pacífica hacia el socialismo.
-Eso revela desconocimiento de la relación histórica de Chile con Cuba. Antes del gobierno de la Unidad Popular, los cubanos no consideraban a Chile con las condiciones objetivas para la lucha armada; sin embargo, con posterioridad los hechos configuraron una situación pre-revolucionaria ante la cual la coalición de gobierno actuaba sin considerar las nuevas condiciones que habían liquidado el proyecto original. Lo que hizo Fidel durante su visita fue un diagnóstico y el resultado está en su discurso del Estadio Nacional. En verdad predijo lo que iba a pasar. El apoyó a Allende en todo lo que pudo. Durante el gobierno de la UP, en Cuba no se le dio entrenamiento militar a ningún chileno que Allende no autorizara. Las armas cubanas que vinieron a Chile fueron las armas que Allende solicitó. No hubo insurgencia propiciada por los cubanos durante la UP. El MIR jamás recibió un arma de Cuba. Entre otros capítulos, mi relato del día del golpe lo deja bien claro.

Relación con Fidel

-En su primer viaje a Cuba, en 1966, Fidel Castro le otorgó un trato muy especial en circunstancias que en esa época iba mucha gente joven a estudiar allá. ¿A qué lo atribuye?
-Fue el azar. En esa época estudiaba en el Barros Arana, donde había un ambiente republicano bastante formal y yo era un muy inquieto joven de 17 años. Mi padre debe haber encontrado que era conveniente que me formara mejor y más cerca de sus convicciones y por eso me llevó a Cuba. El hecho concreto es que Fidel Castro me distinguió y en cierta forma me apadrinó. De meritocracia nada, porque no tenía condiciones especiales ni como revolucionario ni como político.

-¿Vivía en la casa de Fidel Castro?
-Al lado de su casa, dentro del mismo jardín, en un barrio que él había convertido en un centro de investigación agropecuaria. A esa casa Fidel iba bastante, aunque sus movimientos eran impredecibles. Yo estudiaba y vivía ahí con un grupo de jóvenes agrónomos. Ahí se empezó a afianzar mi relación con Fidel.

-¿Describiría su relación como de hijo a padre?
-Para mí ha sido más que un padre. Mi cariño y lealtad hacia él son infinitos. Justamente por esta relación con Fidel y Cuba me han acusado de ser agente cubano y eso me da mucha risa: la verdad es que me siento bastante más que eso. Ese término es muy limitado para describir mi relación con Cuba y Fidel.

-Usted recibió una de las mayores condecoraciones otorgadas por la revolución y alcanzó el grado de teniente coronel de Tropas Especiales, la fuerza militar de elite de ese país.
-Tuve dos etapas en mi formación en Cuba. La primera la recibí como extranjero, chileno, que quería tener una actividad revolucionaria internacionalista. La segunda es mi ingreso a Tropas Especiales con posterioridad al golpe militar de 1973.
A finales del 71 yo abandoné el MIR por una discrepancia política -que está relatada en detalle en el libro- y nunca más me vinculé con ninguna otra organización chilena, salvo en la entrega de las armas de la embajada y en algunos actos de solidaridad con partidos después del golpe. Ya en el exilio, estaba tan decepcionado de la oportunidad histórica que se había perdido, que consideré que no había nada que hacer en nuestro país durante muchos años. No quería ser como esos exiliados españoles que se pasaron 40 años lamentando la derrota en la guerra civil, esperando un hipotético regreso. Así decidí convertirme en un revolucionario internacionalista, quería estar en cualquier lugar de la Tierra donde se combatiera la injusticia para poder dar mi aporte. Fue entonces que solicité que me dejaran ingresar a las Tropas Especiales de Cuba.

-¿En qué consistió el entrenamiento militar para llegar a ser oficial de Tropas Especiales?
-Fueron disciplinas múltiples y rigurosas. Los entrenamientos típicos de comando, las cosas de los métodos conspirativos. Las Tropas Especiales dependían del Ministerio del Interior y de Fidel Castro

Inversionista en Cuba

-Además de su cercanía histórica con Cuba, hoy tiene una relación comercial importante con ese país.
-Tengo una relación de negocios en Cuba. Soy un inversionista y he tratado de hacer un esfuerzo importante en la economía cubana y todos conocen mi posición al respecto. Fui parte de las primeras actividades empresariales en Cuba. Fui un entusiasta participante en ayudar a impulsar la ley de inversión extranjera.

-¿En qué consisten sus negocios?
-Cuba representa un 30% de mi actividad comercial. Tenemos la empresa "Sol y Sol" que es la segunda de turismo después de Havanatur. Además, Río Zaza, en el sector alimentario. Es cierto que no hay muchos inversionistas chilenos en Cuba, pero es algo que hemos ganado a pulso.

-¿Y a la cercanía con el régimen?
-Todo lo contrario: en el caso nuestro ha sido más difícil. No hablo con Fidel de mis negocios y una vez que lo hicimos, el proyecto que estaba por aprobarse no resultó. En ese plano él es sumamente pulcro y cuidadoso.

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