29 mayo, 2007

Las revelaciones de Oscar Niemeyer

Revista Qué PasaEdición sábado 26 de mayo de 2007

 

Cercano a cumplir 100 años, el legendario arquitecto brasileño -y uno de los más reputados del mundo- reconoce en esta entrevista que la inspiración para sus trabajos, famosos por sus formas curvas, es "la línea de una mujer". Sentado en su penthouse de Río de Janeiro, y pese a la edad, Niemeyer tiene la cabeza llena de proyectos. Que van desde Asturias a Valparaíso. "Todavía pienso como si tuviera 30", explica.

Por  Jonathan Franklin
Fotos  Morten Andersen

La Catedral de Brasilia. "En su interior tiene coloridos vitrales que se parecen a la eternidad", ha dicho Niemeyer.

Oscar Niemeyer se inspira en las mujeres. Las paredes de su oficina están decoradas con unos eróticos y simples bocetos de desnudos que en algunas partes del mundo serían considerados acoso sexual, pero que en este soleado penthouse sobre Río de Janeiro aparecen como inspiración pura.

Incluso ahora, a sus 99 años, Niemeyer es un trabajólico. Todos los días llega a su oficina a las 9:30 -sábados incluidos-, sube seis pisos en el desvencijado ascensor y entra a su paradisíaco penthouse, en el que ha trabajado los últimos 67 años. La vista desde la oficina de Niemeyer incluye las redondeadas cimas del Pan de Azúcar, la playa de Copacabana y miles de bañistas con bikinis, distribuidos como dulces en la arena. Las personas que abajo toman sol parecen casualmente desnudas.

Las curvas de unas caderas, las sensuales piernas o las perfectas "nalgas barrocas" son para Niemeyer el inicio de sus diseños de edificios, los cuales combinan la sensualidad brasileña y pesadas armazones de concreto reforzado. "Tomo la línea única de una mujer", dice en esta entrevista, "y luego imagino un edificio rodeándola".

La obra de Niemeyer incluye la sede de la ONU en Nueva York y Brasilia, donde durante los años 50 el gobierno brasileño le dio una capital: "Exhíbenos", fue lo que dijeron. Ahora que han pasado cinco décadas, las curvadas columnas de Brasilia y su catedral en forma de nave espacial son de algún modo alienígenas y misteriosamente provocadoras.

Los diseños de Niemeyer se reconocen de inmediato: combinan el regocijo de un arquitecto de Stonehenge al suspender estructuras ridículamente masivas con la sospecha de un surfista ante los ángulos rectos. "No me atrae la línea recta, dura e inflexible", explica Niemeyer. "Me siento atraído por las curvas que fluyen libremente? que encuentro en las montañas de mi país, en las sinuosidades de sus ríos y en el cuerpo de una mujer amada".

Sobrecarga de memoria

Durante las últimas siete décadas, Niemeyer ha conmovido a la escena arquitectónica mundial con su fervorosa creencia de que los duros cantos son una desgracia en cualquier cosa que sea natural. Descrito como el hombre que le "dio la espalda a los ángulos rectos" y aclamado como el hombre que con sus propias manos convirtió al concreto reforzado en una forma de arte, Niemeyer es una leyenda entre los arquitectos jóvenes, los diseñadores de moda y casi todos los 190 millones de brasileños. Sus talentos van mucho más allá de la arquitectura, ya que ha diseñado muebles, enseñado filosofía y viajado por el mundo, dejando atrás una huella de impresionantes diseños.

"Si uno mira los edificios de Oscar, ve el momento en que se construyeron. Su logro más radical es cómo aplica la estructura, la forma y la superficie. Si se observan las imágenes dominantes de ese momento, se verá que Oscar siempre estuvo impulsando ideas que, 30 años más tarde, estamos aceptando. Es un pionero, alguien a quien nos encanta seguir", dice David Adjaye, uno de los arquitectos jóvenes más prominentes de África y que hoy está asentado en Londres. "Uno ve las increíbles columnas? cuando él las hizo, era todo nuevo? es una ironía, pero ahora es mucho más importante que nunca antes".

En estos días, Niemeyer está en su oficina durante las mañanas. Cualquiera puede entrar, y más de algún dignatario ha sido visto en la sala de espera, incluyendo a Fidel Castro. Los huéspedes vip también deben esperar sentados, mientras una ola de arquitectos despliega planos de edificios, debate sobre los detalles más finos de las majestuosas visiones de Niemeyer, proponen nuevos proyectos y en cosa de minutos vuelven a enrollar los planos.

A los 99 años, Niemeyer ha vivido más que sus colegas e incluso más que algunos de sus edificios. El año pasado, se casó con Lucia Cabreira, su secretaria de 60 años. Al comenzar la entrevista, Niemeyer se acomoda en su vieja silla de madera y parte: "Estuve conversando con Hugo Chávez, tarde en la noche, acerca de Simón Bolívar, y entonces decidí que sería fabuloso sorprenderlo con un regalo; y eso fue lo que hice: a la mañana siguiente le di estos planos".

El mismo día que se reunió con Chávez, en enero pasado, Niemeyer comenzó a garabatear, dibujar y concebir un monumento para ayudar al camarada Chávez en su interminable guerra con Washington. En 24 horas, creó los dibujos: un monumento de 100 metros de alto dedicado al libertador sudamericano Simón Bolívar, el héroe de Chávez. El monumento con sus ángulos, como si fuera una enorme plataforma, apunta hacia el norte, a Washington. Rodeándolo, una entrada realiza una espiral sobre un espejo de agua del tamaño de una manzana completa. No es precisamente sutil. "Es una advertencia para Bush", explica Niemeyer. "Se lo di como un regalo a Chávez, luego me olvidé de él".

Claro que si Niemeyer se olvidó del diseño para el presidente Chávez, la culpable es la sobrecarga de memoria y no el Alzheimer.  En los últimos 12 meses, sus proyectos incluyen la apertura de un centro de las artes en Asturias, España; un complejo de museos, cruzando la bahía de Río; el Teatro Popular de Niterói -que fue inaugurado en marzo- y una serie de diseños, mantenidos en secreto, para Fidel Castro. Además, está comprometido para poner en pie un centro cultural en los terrenos de la ex Cárcel Pública de Valparaíso.

Ubirajara Brito, un colega de Niemeyer desde los 60, fuma igual que él. Y estudian juntos unos planos que, según explica Brito, "se trata de una escuela. Oscar está diseñando cientos de escuelas. Él se imagina esto como un enfoque revolucionario sobre la educación". Porque mucha gente no capta que detrás de los remolinos y diseños futuristas de Niemeyer, siempre está el compromiso social del arte.

Al ser consultado sobre qué tipo de regalo podría dejarle Niemeyer a George Bush, Brito frunce el ceño. "¿George Bush? ¿¡Un edificio para Bush!? Oscar no lo haría", dice. Luego una chispa salta de sus ojos, y una sonrisa ilumina su cara: "Probablemente, a Oscar le encantaría diseñar su mausoleo".

El Maradona del equipo

Oscar Niemeyer nació en Río de Janeiro, en diciembre de 1907, cuando el edificio más alto de Londres era Saint Paul y la estructura más alta del mundo seguía siendo la Torre Eiffel. Ya siendo un adolescente mostró un don para dibujar a las mujeres y para hacer los bocetos de cualquier cosa que se le viniera a la mente, con trazos únicos, simples y virtuosos. Con exquisita sencillez sensual.

En esa época, un tío lo pilló comiéndose con los ojos a bellas jóvenes en el centro de la ciudad y lo llevó a un burdel, lo cual marcó el comienzo de su otra carrera legendaria. "Me contagié la gonorrea", asegura Niemeyer en su autobiografía "Las curvas del tiempo". "Entonces el doctor me recetó azul de metileno, de modo que pude impresionar a mis compañeros de curso al soltar, de forma mágica, orina azul".

Después de graduarse de la Escuela de Bellas Artes de Río, en 1934, Niemeyer estaba quebrado, pero rechazó unirse a grandes estudios y escogió trabajar de forma independiente con Lucio Costa, en una sociedad que marcaría las vidas de ambos. Costa, un veterano de la arquitectura brasileña, tenía acceso a empresas vip y a círculos políticos. Niemeyer traía una visión nueva y radical en diseño: curvas sensuales junto a un compromiso con el servicio público, el trabajo duro y las mujeres. "Costa era el diseñador, mientras Niemeyer era el maestro elegante", dice Adjaye. "Como el Maradona del equipo".

"A menudo el trabajo nos mantenía ocupados y muchas veces nos quedábamos en nuestras mesas de dibujo, noche tras noche, hasta las primeras horas de la mañana", escribe Niemeyer en su autobiografía, en la cual celebra a los burdeles brasileños. "Las chicas entraban en la habitación y se producía un inevitable momento de vergüenza. Una chica era menos cohibida y cruzó sus piernas para mostrar todo lo que tenía debajo del ombligo".

En 1939, en la Feria Mundial de Nueva York, Niemeyer ayudó a diseñar el Pabellón de Brasil, el cual fue premiado. Sus acciones subieron enormemente. Niemeyer era joven y talentoso, en una época en que Brasil parecía tener un camino para dejar atrás los grilletes de la era colonial. Y más importante aún, era descarado: estaba ansioso por derribar las convenciones y por revelar la ingenuidad del Tercer Mundo.

Pura curva

Pese a los buenos augurios, tendrían que pasar 15 años antes de que Niemeyer creara su obra maestra: Brasilia. A fines de los 50, el presidente Juscelino Kubitschek cerraba una fantasía brasileña que tenía más de cien años: reubicar la capital desde Río de Janeiro, para establecer una capital independiente, conocida como Brasilia.

"Cincuenta años de progreso en cinco" era el eslogan de Kubitschek, y Brasilia era un sueño loco para implantar la idea de un paraíso socialista en el corazón de un páramo remoto, a cientos de kilómetros de distancia de carreteras y vías ferroviarias. Brasilia fue organizada por Costa y Niemeyer. Costa fue escogido para diseñar el plan maestro. Niemeyer fue seleccionado como el principal diseñador de edificios y, en una ráfaga de bocetos, desde 1955 a 1958, diseñó el Palacio Presidencial, el Congreso, el Ministerio de Justicia y la Catedral de la ciudad.

Los edificios de Brasilia están unidos por el uso de enormes cantidades de concreto reforzado y curvas que incluso hoy se ven futuristas. La Catedral, por ejemplo, prácticamente erupciona de la tierra. La cruz en las alturas está adornada con barras de acero, que la hacen parecerse más a la antena guía para el viaje de un Sputnik en la era espacial que al sangriento final de Jesús. "Evité la solución usual de catedrales tradicionales y oscuras que recuerdan al pecado", dijo entonces Niemeyer, en una conferencia de 1955. "Por el contrario, mantuve oscura la entrada y llené el interior de luz y brillo; con coloridos vitrales que se parecen a la eternidad".
Luego de la inauguración de Brasilia, Niemeyer fundó "Módulo", una revista de arquitectura que él visualizó como trampolín para una revolución dentro del diseño y los arquitectos del país. En 1964, un golpe militar cercenó ese sueño. Y cuando las oficinas de Módulo fueron saqueadas, Niemeyer partió al autoexilio en París, donde estuvo hasta 1975.

El exilio le brindó a Niemeyer un foro más amplio, esparciendo su trabajo desde Argelia a Milán. Su diseño de 1965 para la sede central del Partido Comunista francés sigue siendo considerada una pieza maestra de estilo; incluso Prada la usó como escenario para unas fotografías de moda. En Milán, diseñó las oficinas editoriales de Mondadori, con sus cinco pisos suspendidos desde el techo y con columnas irregulares distribuidas como notas musicales a lo largo de la fachada. A pesar de las aseveraciones de que el diseño era estructuralmente imposible, el éxito de Niemeyer puso en vitrina sus habilidades. Posteriormente, Niemeyer se paralizó: desde 1970 a 1990 su logro más notable fue coleccionar premios de arquitectura en todo el mundo, entre ellos el Pritzker, en 1998, y dos años más tarde la Orden de San Gregorio el Grande, otorgada por el Vaticano.

En 1991, Niemeyer retornó. Su diseño del Museo de Arte Contemporáneo de Niterói, cerca de Río, fue aclamado como una clásica colección de curvas a lo Niemeyer. El museo de Niterói está posado como un platillo volador sobre una península, al otro lado de la bahía.  Revistas de estilo, como Wallpaper, suelen usarlo como escenario para sus fotos de modas.

En combate

Actualmente, Niemeyer está perdiendo la vista. Su cuerpo ya no responde demasiado a su cerebro. Y sus piernas obedecen a sus pensamientos con la atención distraída que uno podría darle a la orden de un extraño. Al hablar, Niemeyer mueve sus manos, dibujando esculturas en el aire, mientras explica -con gestos enérgicos- la pasión que lo mantiene activo. "Para los arquitectos es común graduarse como buenos profesionales, pero sólo para pensar en ellos mismos? Yo quiero que la gente tenga placer de sentir la vida. ¡La miseria y la violencia son el enemigo, ¡y los combato!"

Cuando habla de política, Niemeyer se vuelve un guerrero, discutiendo con el traductor sobre palabras específicas, sonriendo cuando ha establecido su punto y fumando minihabanos.  "Tenemos que cambiar el capitalismo, este régimen de violencia, poder y guerra", dice. "Lo detesto. Crecí en una tradicional familia católica, con cuadros del Papa en las paredes. Pero cuando conocí el mundo, vi un mundo tan injusto, que me convertí en un joven comunista".

Aunque todavía aprecia a Lenin y Castro como héroes, Niemeyer goza con ser un disidente.  "Estuve en Moscú y me llevaron a la Universidad (de Moscú) y me preguntaron: 'Niemeyer, ¿qué piensa de la arquitectura rusa?' Y les dije: 'Estoy de acuerdo con su política, pero no tengo nada bueno que decir sobre sus arquitectos. Este edificio es muy malo. Las columnas son demasiado gruesas, están demasiado juntas'. Me miraron y dijeron: '¡No puede decir eso!' Yo les respondí, 'bueno, ¡ustedes preguntaron!'".

Mientras conversamos, Niemeyer se ve cómodo en sus pantalones, sus suspensores y su camisa blanca almidonada. Más tarde, abrió una botella de vino tinto francés. Él sospecha y hace tantas preguntas como las que responde. Sus ojos brillan: "Todavía pienso como una persona joven, como si tuviera 30 años. Nunca me voy a rendir a la vejez".


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